{"id":57494,"date":"2010-05-05T11:20:16","date_gmt":"2010-05-05T16:20:16","guid":{"rendered":"http:\/\/192.100.230.75\/?p=57494"},"modified":"2010-05-05T11:20:16","modified_gmt":"2010-05-05T16:20:16","slug":"la-fascinacion-del-azar","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/dim-id.com\/pruebaentradas2023\/2010\/05\/05\/la-fascinacion-del-azar\/","title":{"rendered":"La fascinaci\u00f3n del azar"},"content":{"rendered":"<button class=\"simplefavorite-button has-count\" data-postid=\"57494\" data-siteid=\"1\" data-groupid=\"1\" data-favoritecount=\"0\" style=\"\">Leer despu\u00e9s <i class=\"sf-icon-star-empty\"><\/i><span class=\"simplefavorite-button-count\" style=\"\">0<\/span><\/button><body><p><\/p><em><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/192.100.230.75\/wp-content\/uploads\/2010\/05\/zagal1.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-medium wp-image-57603\" style=\"margin-left: 5px; margin-right: 5px;\" title=\"zagal\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/192.100.230.75\/wp-content\/uploads\/2010\/05\/zagal1-300x212.jpg?resize=300%2C212\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"212\" loading=\"lazy\"><\/a>El miedo es la pasi\u00f3n m\u00e1s profunda; <\/em><br>\n<em>es con el miedo con lo que usted <\/em><br>\n<em>debe jugar si desea saborear las alegr\u00edas <\/em><br>\n<em>m\u00e1s intensas de la vida.<\/em><br>\nStevenson<em>, El club de los suicidas. <\/em><br>\n\u00bfSab\u00edan que Marge Simpson es adicta al juego? Una buena madre se transforma frente a las maquinitas tragamonedas, simplemente pierde la raz\u00f3n. Record\u00e9 ese episodio de <em>Los Simpson<\/em> cuando me enter\u00e9 de que una amiga est\u00e1 a punto de perder marido, hijos, casa, salud y empleo por su adicci\u00f3n al bingo. Hasta ahora, no me hab\u00eda percatado de la cantidad de casinos que pueblan nuestras ciudades. Ignoro los entresijos jur\u00eddicos que permitieron que florecieran en M\u00e9xico. Como tantas cosas en este pa\u00eds, simplemente<em> sucedi\u00f3<\/em>.<br>\nAl margen de cualquier prurito victoriano, los juegos de azar afectan nuestra vida moral. Por ejemplo, la Marquesa Calder\u00f3n de la Barca se\u00f1alaba, a mediados del siglo XIX, los desmanes que ocasionaba la feria de San Agust\u00edn de las Cuevas. Hacia finales de agosto, la sociedad acud\u00eda a jugar en aquel pueblo, hoy llamado Tlalpan, distante a\u00fan de la ciudad de M\u00e9xico. Los ricos, que veraneaban en San \u00c1ngel, perd\u00edan cantidades enormes. Los pobres, por su parte, dorm\u00edan donde pod\u00edan y gastaban el dinero del que carec\u00edan.<br>\nLos juegos de azar son fascinantes, el peligro ronda. Es el v\u00e9rtigo de la ruleta que retrata Dostoievski en <em>El jugador<\/em>. Su embrujo, tan adictivo como el alcohol, no es f\u00e1cil de explicar. \u00bfPor qu\u00e9 demonios nos gusta apostar?<br>\n<strong>LA RUEDA DE<\/strong><strong> LA FORTUNA<\/strong><strong> <\/strong><br>\nJugar es aceptar nuestros l\u00edmites. En la ruleta reconocemos que la vida escapa de nuestro control. Nuestra actitud ante el azar es ambivalente. Lo odiamos cuando nos lastima; lo admiramos cuando nos consiente. Nos atrae su incertidumbre, anhelamos dominarlo y esclarecer sus secretos.<br>\nA veces el azar parece manifestar la irracionalidad del mundo; otras, insin\u00faa la presencia divina. Los cristianos miraron con temor el juego para no \u00abponer a prueba\u00bb a Dios. Los paganos intentaron sobornar a sus divinidades con sacrificios y ruegos. Los ilustrados aprendieron c\u00e1lculo para domesticar la veleta del azar.<br>\n<strong>BARAJA CONTRA AJEDREZ<\/strong><strong> <\/strong><br>\nSi bien el azar afrenta al entendimiento humano, tambi\u00e9n lo consuela. El peso de la propia responsabilidad agobia. Es la idea del cuento <em>El club de los suicidas<\/em>, de Stevenson. El grupo re\u00fane a quienes ya no quieren vivir, pero carecen de arrestos para suicidarse. El club es una argucia: por las noches se juega a la carta. Quien saca el as d\u00a0\u00a0\u00a0 e espadas morir\u00e1 \u00abaccidentalmente\u00bb a manos de quien sac\u00f3 el as de bastos.<br>\nLos juegos de azar son la ant\u00edpoda del ajedrez. En el tablero triunfa el diestro y pierde el torpe. El juego agobia pues s\u00f3lo impera la raz\u00f3n calculadora. Puede romper el precario equilibrio humano.<br>\nSi en <em>El jugador<\/em> triunfa la sinraz\u00f3n, la saturaci\u00f3n de ajedrez enloquece de tanto pensar. Es el drama de <em>La novela de ajedrez,<\/em> de Zweig. Chesterton advirti\u00f3 recurrentemente que el exceso de raz\u00f3n nos puede volver locos: <em>La esfera y la cruz<\/em>.<br>\nLos jugadores de Dostoievski y Zweig pierden el equilibrio: queda el exceso, la destemplanza. Ironiza Jardiel Poncela: \u00abCuando un hombre ha apuntado demasiadas horas a la ruleta, acaba apunt\u00e1ndose al coraz\u00f3n\u00bb. Cierto, pero quien ha apuntado demasiadas responsabilidades en el alma, acaba apunt\u00e1ndose con el psiquiatra.<br>\n\u00bfQu\u00e9 es m\u00e1s peligroso, la obsesi\u00f3n de la racionalidad o el sutil \u00edmpetu de la suerte? No lo s\u00e9. Me temo que el ajedrecista de tiempo completo acaba loco o, por reacci\u00f3n pendular, jugando fren\u00e9ticamente a la ruleta. Nuevamente Dostoievski pinta a un personaje as\u00ed en <em>La estrategia de Luzhin<\/em>, un consumado ajedrecista.\n<\/body><button class=\"simplefavorite-button has-count\" data-postid=\"57494\" data-siteid=\"1\" data-groupid=\"1\" data-favoritecount=\"0\" style=\"\">Leer despu\u00e9s <i class=\"sf-icon-star-empty\"><\/i><span class=\"simplefavorite-button-count\" style=\"\">0<\/span><\/button>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Leer despu\u00e9s 0El miedo es la pasi\u00f3n m\u00e1s profunda; es con el miedo con lo que usted debe jugar si desea saborear las alegr\u00edas m\u00e1s intensas de la vida. Stevenson, El club de los suicidas. \u00bfSab\u00edan que Marge Simpson es adicta al juego? Una buena madre se transforma frente a las maquinitas tragamonedas, simplemente pierde la raz\u00f3n. Record\u00e9 ese episodio de Los Simpson cuando me enter\u00e9 de que una amiga est\u00e1 a punto de perder marido, hijos, casa, salud y empleo por su adicci\u00f3n al bingo. Hasta ahora, no me hab\u00eda percatado de la cantidad de casinos que pueblan nuestras ciudades. Ignoro los entresijos jur\u00eddicos que permitieron que florecieran en M\u00e9xico. Como tantas cosas en este pa\u00eds, simplemente sucedi\u00f3. Al margen de cualquier prurito victoriano, los juegos de azar afectan nuestra vida moral. Por ejemplo, la Marquesa Calder\u00f3n de la Barca se\u00f1alaba, a mediados del siglo XIX, los desmanes que ocasionaba la feria de San Agust\u00edn de las Cuevas. Hacia finales de agosto, la sociedad acud\u00eda a jugar en aquel pueblo, hoy llamado Tlalpan, distante a\u00fan de la ciudad de M\u00e9xico. Los ricos, que veraneaban en San \u00c1ngel, perd\u00edan cantidades enormes. Los pobres, por su parte, dorm\u00edan donde pod\u00edan y gastaban el dinero del que carec\u00edan. Los juegos de azar son fascinantes, el peligro ronda. Es el v\u00e9rtigo de la ruleta que retrata Dostoievski en El jugador. 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El grupo re\u00fane a quienes ya no quieren vivir, pero carecen de arrestos para suicidarse. El club es una argucia: por las noches se juega a la carta. Quien saca el as d\u00a0\u00a0\u00a0 e espadas morir\u00e1 \u00abaccidentalmente\u00bb a manos de quien sac\u00f3 el as de bastos. Los juegos de azar son la ant\u00edpoda del ajedrez. En el tablero triunfa el diestro y pierde el torpe. El juego agobia pues s\u00f3lo impera la raz\u00f3n calculadora. Puede romper el precario equilibrio humano. Si en El jugador triunfa la sinraz\u00f3n, la saturaci\u00f3n de ajedrez enloquece de tanto pensar. Es el drama de La novela de ajedrez, de Zweig. Chesterton advirti\u00f3 recurrentemente que el exceso de raz\u00f3n nos puede volver locos: La esfera y la cruz. Los jugadores de Dostoievski y Zweig pierden el equilibrio: queda el exceso, la destemplanza. Ironiza Jardiel Poncela: \u00abCuando un hombre ha apuntado demasiadas horas a la ruleta, acaba apunt\u00e1ndose al coraz\u00f3n\u00bb. Cierto, pero quien ha apuntado demasiadas responsabilidades en el alma, acaba apunt\u00e1ndose con el psiquiatra. \u00bfQu\u00e9 es m\u00e1s peligroso, la obsesi\u00f3n de la racionalidad o el sutil \u00edmpetu de la suerte? No lo s\u00e9. Me temo que el ajedrecista de tiempo completo acaba loco o, por reacci\u00f3n pendular, jugando fren\u00e9ticamente a la ruleta. Nuevamente Dostoievski pinta a un personaje as\u00ed en La estrategia de Luzhin, un consumado ajedrecista. 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Stevenson, El club de los suicidas. \u00bfSab\u00edan que Marge Simpson es adicta al juego? Una buena madre se transforma frente a las maquinitas tragamonedas, simplemente pierde la raz\u00f3n. Record\u00e9 ese episodio de Los Simpson cuando me enter\u00e9 de que una amiga est\u00e1 a punto de perder marido, hijos, casa, salud y empleo por su adicci\u00f3n al bingo. Hasta ahora, no me hab\u00eda percatado de la cantidad de casinos que pueblan nuestras ciudades. Ignoro los entresijos jur\u00eddicos que permitieron que florecieran en M\u00e9xico. Como tantas cosas en este pa\u00eds, simplemente sucedi\u00f3. Al margen de cualquier prurito victoriano, los juegos de azar afectan nuestra vida moral. Por ejemplo, la Marquesa Calder\u00f3n de la Barca se\u00f1alaba, a mediados del siglo XIX, los desmanes que ocasionaba la feria de San Agust\u00edn de las Cuevas. Hacia finales de agosto, la sociedad acud\u00eda a jugar en aquel pueblo, hoy llamado Tlalpan, distante a\u00fan de la ciudad de M\u00e9xico. Los ricos, que veraneaban en San \u00c1ngel, perd\u00edan cantidades enormes. Los pobres, por su parte, dorm\u00edan donde pod\u00edan y gastaban el dinero del que carec\u00edan. Los juegos de azar son fascinantes, el peligro ronda. Es el v\u00e9rtigo de la ruleta que retrata Dostoievski en El jugador. Su embrujo, tan adictivo como el alcohol, no es f\u00e1cil de explicar. \u00bfPor qu\u00e9 demonios nos gusta apostar? LA RUEDA DE LA FORTUNA Jugar es aceptar nuestros l\u00edmites. En la ruleta reconocemos que la vida escapa de nuestro control. Nuestra actitud ante el azar es ambivalente. Lo odiamos cuando nos lastima; lo admiramos cuando nos consiente. Nos atrae su incertidumbre, anhelamos dominarlo y esclarecer sus secretos. A veces el azar parece manifestar la irracionalidad del mundo; otras, insin\u00faa la presencia divina. Los cristianos miraron con temor el juego para no \u00abponer a prueba\u00bb a Dios. Los paganos intentaron sobornar a sus divinidades con sacrificios y ruegos. Los ilustrados aprendieron c\u00e1lculo para domesticar la veleta del azar. BARAJA CONTRA AJEDREZ Si bien el azar afrenta al entendimiento humano, tambi\u00e9n lo consuela. El peso de la propia responsabilidad agobia. Es la idea del cuento El club de los suicidas, de Stevenson. El grupo re\u00fane a quienes ya no quieren vivir, pero carecen de arrestos para suicidarse. El club es una argucia: por las noches se juega a la carta. Quien saca el as d\u00a0\u00a0\u00a0 e espadas morir\u00e1 \u00abaccidentalmente\u00bb a manos de quien sac\u00f3 el as de bastos. Los juegos de azar son la ant\u00edpoda del ajedrez. En el tablero triunfa el diestro y pierde el torpe. El juego agobia pues s\u00f3lo impera la raz\u00f3n calculadora. Puede romper el precario equilibrio humano. Si en El jugador triunfa la sinraz\u00f3n, la saturaci\u00f3n de ajedrez enloquece de tanto pensar. Es el drama de La novela de ajedrez, de Zweig. Chesterton advirti\u00f3 recurrentemente que el exceso de raz\u00f3n nos puede volver locos: La esfera y la cruz. Los jugadores de Dostoievski y Zweig pierden el equilibrio: queda el exceso, la destemplanza. Ironiza Jardiel Poncela: \u00abCuando un hombre ha apuntado demasiadas horas a la ruleta, acaba apunt\u00e1ndose al coraz\u00f3n\u00bb. Cierto, pero quien ha apuntado demasiadas responsabilidades en el alma, acaba apunt\u00e1ndose con el psiquiatra. \u00bfQu\u00e9 es m\u00e1s peligroso, la obsesi\u00f3n de la racionalidad o el sutil \u00edmpetu de la suerte? No lo s\u00e9. Me temo que el ajedrecista de tiempo completo acaba loco o, por reacci\u00f3n pendular, jugando fren\u00e9ticamente a la ruleta. Nuevamente Dostoievski pinta a un personaje as\u00ed en La estrategia de Luzhin, un consumado ajedrecista. 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Stevenson, El club de los suicidas. \u00bfSab\u00edan que Marge Simpson es adicta al juego? Una buena madre se transforma frente a las maquinitas tragamonedas, simplemente pierde la raz\u00f3n. Record\u00e9 ese episodio de Los Simpson cuando me enter\u00e9 de que una amiga est\u00e1 a punto de perder marido, hijos, casa, salud y empleo por su adicci\u00f3n al bingo. Hasta ahora, no me hab\u00eda percatado de la cantidad de casinos que pueblan nuestras ciudades. Ignoro los entresijos jur\u00eddicos que permitieron que florecieran en M\u00e9xico. Como tantas cosas en este pa\u00eds, simplemente sucedi\u00f3. Al margen de cualquier prurito victoriano, los juegos de azar afectan nuestra vida moral. Por ejemplo, la Marquesa Calder\u00f3n de la Barca se\u00f1alaba, a mediados del siglo XIX, los desmanes que ocasionaba la feria de San Agust\u00edn de las Cuevas. Hacia finales de agosto, la sociedad acud\u00eda a jugar en aquel pueblo, hoy llamado Tlalpan, distante a\u00fan de la ciudad de M\u00e9xico. Los ricos, que veraneaban en San \u00c1ngel, perd\u00edan cantidades enormes. Los pobres, por su parte, dorm\u00edan donde pod\u00edan y gastaban el dinero del que carec\u00edan. Los juegos de azar son fascinantes, el peligro ronda. Es el v\u00e9rtigo de la ruleta que retrata Dostoievski en El jugador. Su embrujo, tan adictivo como el alcohol, no es f\u00e1cil de explicar. \u00bfPor qu\u00e9 demonios nos gusta apostar? LA RUEDA DE LA FORTUNA Jugar es aceptar nuestros l\u00edmites. En la ruleta reconocemos que la vida escapa de nuestro control. Nuestra actitud ante el azar es ambivalente. Lo odiamos cuando nos lastima; lo admiramos cuando nos consiente. Nos atrae su incertidumbre, anhelamos dominarlo y esclarecer sus secretos. A veces el azar parece manifestar la irracionalidad del mundo; otras, insin\u00faa la presencia divina. Los cristianos miraron con temor el juego para no \u00abponer a prueba\u00bb a Dios. Los paganos intentaron sobornar a sus divinidades con sacrificios y ruegos. Los ilustrados aprendieron c\u00e1lculo para domesticar la veleta del azar. BARAJA CONTRA AJEDREZ Si bien el azar afrenta al entendimiento humano, tambi\u00e9n lo consuela. El peso de la propia responsabilidad agobia. Es la idea del cuento El club de los suicidas, de Stevenson. El grupo re\u00fane a quienes ya no quieren vivir, pero carecen de arrestos para suicidarse. El club es una argucia: por las noches se juega a la carta. Quien saca el as d\u00a0\u00a0\u00a0 e espadas morir\u00e1 \u00abaccidentalmente\u00bb a manos de quien sac\u00f3 el as de bastos. Los juegos de azar son la ant\u00edpoda del ajedrez. En el tablero triunfa el diestro y pierde el torpe. El juego agobia pues s\u00f3lo impera la raz\u00f3n calculadora. Puede romper el precario equilibrio humano. Si en El jugador triunfa la sinraz\u00f3n, la saturaci\u00f3n de ajedrez enloquece de tanto pensar. Es el drama de La novela de ajedrez, de Zweig. Chesterton advirti\u00f3 recurrentemente que el exceso de raz\u00f3n nos puede volver locos: La esfera y la cruz. Los jugadores de Dostoievski y Zweig pierden el equilibrio: queda el exceso, la destemplanza. Ironiza Jardiel Poncela: \u00abCuando un hombre ha apuntado demasiadas horas a la ruleta, acaba apunt\u00e1ndose al coraz\u00f3n\u00bb. Cierto, pero quien ha apuntado demasiadas responsabilidades en el alma, acaba apunt\u00e1ndose con el psiquiatra. \u00bfQu\u00e9 es m\u00e1s peligroso, la obsesi\u00f3n de la racionalidad o el sutil \u00edmpetu de la suerte? No lo s\u00e9. Me temo que el ajedrecista de tiempo completo acaba loco o, por reacci\u00f3n pendular, jugando fren\u00e9ticamente a la ruleta. Nuevamente Dostoievski pinta a un personaje as\u00ed en La estrategia de Luzhin, un consumado ajedrecista. 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