{"id":28727,"date":"2006-11-01T00:00:00","date_gmt":"2006-11-01T05:00:00","guid":{"rendered":"http:\/\/192.168.1.157\/istmo\/?p=28727"},"modified":"2006-11-01T00:00:00","modified_gmt":"2006-11-01T05:00:00","slug":"hospitalidad_en_lata","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/dim-id.com\/pruebaentradas2023\/2006\/11\/01\/hospitalidad_en_lata\/","title":{"rendered":"Hospitalidad en lata"},"content":{"rendered":"<button class=\"simplefavorite-button has-count\" data-postid=\"28727\" data-siteid=\"1\" data-groupid=\"1\" data-favoritecount=\"0\" style=\"\">Leer despu\u00e9s <i class=\"sf-icon-star-empty\"><\/i><span class=\"simplefavorite-button-count\" style=\"\">0<\/span><\/button><body><p>Ciudad de M\u00e9xico. Un jueves cualquiera, noche de \u00f3pera. Asistimos a una funci\u00f3n de La valquiria, segunda parte de la legendaria tetralog\u00eda de Richard Wagner El anillo de los nibelungos. Mientras los m\u00fasicos de la orquesta ta\u00f1en sus instrumentos y se escuchan las primeras notas de la obra, nos acomodamos buscando el mejor \u00e1ngulo para la funci\u00f3n.<br>\nInicia el primer acto. Un hombre, Siegmund, irrumpe en escena. Jadeante y asustado entra a una casa ajena y desconocida en busca de cobijo. La propietaria lo descubre tirado en el suelo, exhausto; asustado, huye de un grupo de hombres enfurecidos que lo han perseguido a trav\u00e9s del bosque. Ella, Sieglinde, se compadece del fugitivo y lo acoge como hu\u00e9sped. Le brinda al desgraciado esos peque\u00f1os servicios que todos agradecer\u00edamos en tales circunstancias: comida, el calor del fuego, la seguridad de un techo, y la afabilidad que tanto necesita quien sufre.<br>\nAl cabo de un rato aparece Hunding, el esposo. \u00c9l tambi\u00e9n viene cansado del bosque. La visita le sorprende. \u00bfDe qui\u00e9n se trata? El joven declara su nombre y refiere su pasado. Ambos caen en la cuenta: Hunding pertenec\u00eda a la expedici\u00f3n persecutoria que Siegmund evadi\u00f3. Fijamos la mirada. Esperamos lo peor. Inesperadamente, el involuntario anfitri\u00f3n invoca las normas de hospitalidad y exime a Siegmund del duelo que cre\u00edmos inminente. Habr\u00e1n de esperar al amanecer para enfrentarse. Por ahora el fugitivo es hu\u00e9sped.<br>\nEl p\u00fablico, incr\u00e9dulo, califica la salida como un ardid teatral para acrecentar la tensi\u00f3n dram\u00e1tica. Nos parece inveros\u00edmil, un recurso f\u00e1cil, casi rid\u00edculo. Cualquiera de nosotros hubiese aprovechado la ocasi\u00f3n para aprehenderlo. Sin embargo, esa situaci\u00f3n no resultaba del todo extra\u00f1a a quienes asistieron al estreno de la obra en 1870.<br>\nAl fin y al cabo, ese p\u00fablico estaba familiarizado con las tradiciones judeocristiana y grecorromana, cuya literatura se desborda en episodios relacionados con la virtud de la hospitalidad. Seguramente ellos la hab\u00edan practicado, pues en el siglo XIX, dada la excepcionalidad de los viajes y la solidez de los v\u00ednculos de parentesco, pobres y ricos ofrec\u00edan y recib\u00edan los dones de la hospitalidad, que no es sino extender el techo del hogar a un tercero.<\/p>\n<p class=\"subtit\"><strong>LA HOSPITALIDAD SE APRENDE EN CASA<\/strong><\/p>\n<p>En nuestro siglo la hospitalidad ha sido desplazada por la hosteler\u00eda; cuando encontramos la palabra en letra impresa o la escuchamos en boca de alguien, aparece siempre en el contexto de la oferta mercantil: ya sea el paquete vacacional, el servicio hotelero o el trato que nos dispensa la azafata. La hospitalidad se ha vuelto una mercanc\u00eda, de lujo por cierto, un servicio que se provee cuando se paga al contado o, mejor a\u00fan, cuando se garantiza con el voucher firmado de una linajuda tarjeta de cr\u00e9dito. En este mundo del intercambio econ\u00f3mico quedamos desprotegidos si carecemos del escudo de American Express, MasterCard o Visa.<br>\nHace alg\u00fan tiempo, un apag\u00f3n el\u00e9ctrico dej\u00f3 varados en Roma a miles de turistas. Al principio, el contratiempo parec\u00eda un inmejorable pretexto para alargar las vacaciones por unas horas, pero pronto se convirti\u00f3 en tragedia. Sin energ\u00eda el\u00e9ctrica, las tarjetas de los turistas carec\u00edan de poder; de privilegiados pasaron a la categor\u00eda de parias; nadie les daba un mendrugo si no hab\u00eda dinero de por medio. Las pr\u00e1cticas hospitalarias de la antig\u00fcedad, al contrario, brindaban protecci\u00f3n y lo hac\u00edan sin exigir nada como compensaci\u00f3n. Se sosten\u00edan en la donaci\u00f3n y la entrega.<br>\nLa hospitalidad es una virtud intr\u00ednsecamente vinculada al hogar. El hu\u00e9sped participa de alg\u00fan modo de la vida dom\u00e9stica, a pesar de ser un extra\u00f1o, se le acoge como a un \u00edntimo y se le trata como tal. Por eso entre los antiguos, la traici\u00f3n al hu\u00e9sped clama a los dioses. Dante no se tienta el coraz\u00f3n y coloca, en su famoso esquema del infierno, a quienes traicionaron a sus hu\u00e9spedes muy cerca de lugar donde el mism\u00edsimo Sat\u00e1n atormenta a Judas y a Bruto, los traidores por excelencia. Quien falta a los deberes de la hospitalidad est\u00e1 muy cerca de faltar a los deberes familiares y merece un castigo proporcionado.<br>\nEn un mundo plagado de piratas y asaltantes, se explica que la hospitalidad fungiera como un valor casi familiar. A la fecha, sentirse integrado y emparentado depende de un dep\u00f3sito bancario.<br>\nPero la modernidad no deja de mostrarnos de continuo su peor rostro. La solidaridad, la compasi\u00f3n, la simpat\u00eda parecen desplazadas por la competencia, la eficacia y el individualismo. Las relaciones humanas, incluso las m\u00e1s elementales, se convierten en art\u00edculos intercambiables, en pactos comerciales que pueden romperse siempre y cuando se indemnice a la parte afectada.<br>\nHorkheimer no andaba muy errado cuando vaticin\u00f3 que las sociedades burguesa e industrial terminar\u00edan por trivializar el matrimonio hasta el punto de asimilarlo a un contrato puramente comercial. Pero los habitantes de este mundo seco, agresivo, violento echan de menos la calidez del hogar y ni tarda ni perezosa, la burgues\u00eda, siempre atenta a las oportunidades de negocios, ha lanzado un nuevo producto: \u00abla hospitalidad en lata\u00bb, \u00abfranquicias de calor de hogar\u00bb, que se compra (sic) con los n\u00fameros m\u00e1gicos de una tarjeta de cr\u00e9dito. Un nuevo fen\u00f3meno emerge. Ahora s\u00f3lo los ricos pueden acceder a una hosteler\u00eda hospitalaria.<\/p>\n<p class=\"subtit\"><strong>NOSTALGIA DEL HOGAR PERDIDO<\/strong><\/p>\n<p>Las ansias de hospitalidad son la nostalgia del hogar perdido. Los \u00e1mbitos hegem\u00f3nicos de la vida profesional -universidad, empresa, Estado- han devenido desiertos inh\u00f3spitos, \u00abjunglas de asfalto\u00bb, \u00abguerras de negocios\u00bb, donde la crueldad c\u00ednica y la prepotencia se tienen por virtud. Es muy l\u00f3gico que se a\u00f1oren las cualidades del hogar para hacer m\u00e1s llevaderos los sinsabores de la vida profesional. Todos somos extranjeros en el mundo del capitalismo.<br>\nLa pregunta crucial es si en verdad se puede institucionalizar, si no se trata de un contrasentido, si podemos extrapolar las virtudes del hogar m\u00e1s all\u00e1 del \u00e1mbito de la domus. Cualquier cultura de la hospitalidad debe plantearse, antes que nada, si puede existir al margen del hogar como n\u00facleo duro y paradigma. En otras palabras, los profesionales de esta virtud deber\u00edan indagar si tiene sentido hablar de \u00abhu\u00e9sped\u00bb al margen de la familia. El empobrecimiento de la noci\u00f3n de este t\u00e9rmino, hasta el punto de equipararlo con el de cliente de hotel indica lo que sucede cuando se prescinde de la ra\u00edz de la hospitalidad. Esta, por lo visto, tiene un l\u00edmite -de cr\u00e9dito- y sin \u00e9l las sonrisas desaparecen.<br>\nLa hospitalidad se ha reducido a una colecci\u00f3n de accesorios y servicios que o bien imitan externamente las costumbres de una casa (comida sana, decoraci\u00f3n no estandarizada), o caen dentro de la gama de lo francamente suntuario. Partiendo del supuesto tayloriano -Taylor, el padre de la ingenier\u00eda- de que cualquier actividad puede imitarse si se analiza en sus pasos y movimientos, la hosteler\u00eda ha disecado y reproducido esta virtud olvidando lo esencial, a saber, que se trata de una virtud y no de un procedimiento.<br>\nSe trata de una excelencia (arete) del car\u00e1cter, para decirlo al modo de Arist\u00f3teles. En otras palabras, la hospitalidad supone ante todo la disposici\u00f3n de las personas a tratar al extra\u00f1o como un \u00edntimo, lo cual exige algo m\u00e1s que un voucher planchado, exige principalmente la generosidad de quien presta el servicio. \u00bfY d\u00f3nde se aprende a servir a los dem\u00e1s sino en el hogar? La cacareada cultura del servicio se ha convertido en una demagogia porque cuando las relaciones profesionales no se impregnan de valores como la solidaridad y la compasi\u00f3n, quedan reducidas a un pacto en el que ambas partes intentan maximizar el beneficio con el m\u00ednimo de inversi\u00f3n. Estos v\u00ednculos ser\u00e1n, por definici\u00f3n, hostiles: el otro es visto como una esponja a la que hay que exprimir, un cliente al que hay que extraerle todo el valor posible. Se trata de relaciones vampirizadas: al otro hay que sacarle toda la sangre y conservarlo en una relaci\u00f3n de dependencia eterna. Nada m\u00e1s lejano, pues, de la verdadera hospitalidad.<br>\nCada \u00e9poca carga con sus propias angustias, sus propias heridas. Nuestro siglo lleva una bien marcada: la fragilidad de los v\u00ednculos humanos, que inspira temor. Los individuos viven desesperados, pues se saben prescindibles. Anhelan con avidez la seguridad de la uni\u00f3n, del abrazo protector y la mano que los resguarde de las ca\u00eddas, pero desconf\u00edan de las relaciones a largo plazo. Temen que coarten su \u00ablibertad\u00bb. Vivimos la dial\u00e9ctica del deseo que pretende estrechar \u00ablazos\u00bb lo suficientemente flojos para poder desanudarlos con prontitud llegada la hora de la hu\u00edda. Estas son las caracter\u00edsticas de lo que se ha dado en llamar \u00absociedad l\u00edquida\u00bb.<br>\nEl reto de los profesionales de la hospitalidad consiste en demostrar que s\u00ed es posible establecer relaciones comerciales en un marco de solidaridad y compasi\u00f3n y esto es algo de lo que, sin duda, el mundo anda muy necesitado. Se trata de recuperar la hospitalidad en una sociedad temerosa del compromiso. No sabemos c\u00f3mo llevar a cabo este ambicioso proyecto, pero estoy seguro de que fracasar\u00eda si se olvida que el hogar es la primera escuela de hospitalidad.<\/p>\n<p class=\"textogris\">* Extracto de Sobre la hospitalidad, de H\u00e9ctor Zagal Arregu\u00edn y Juli\u00e1n Etienne, Cuadernos de Persona y sociedad n. 15, Facultad de Filosof\u00eda, Universidad Panamericana, M\u00e9xico, 2006.<\/p>\n<\/body><button class=\"simplefavorite-button has-count\" data-postid=\"28727\" data-siteid=\"1\" data-groupid=\"1\" data-favoritecount=\"0\" style=\"\">Leer despu\u00e9s <i class=\"sf-icon-star-empty\"><\/i><span class=\"simplefavorite-button-count\" style=\"\">0<\/span><\/button>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Leer despu\u00e9s 0Ciudad de M\u00e9xico. Un jueves cualquiera, noche de \u00f3pera. Asistimos a una funci\u00f3n de La valquiria, segunda parte de la legendaria tetralog\u00eda de Richard Wagner El anillo de los nibelungos. Mientras los m\u00fasicos de la orquesta ta\u00f1en sus instrumentos y se escuchan las primeras notas de la obra, nos acomodamos buscando el mejor \u00e1ngulo para la funci\u00f3n. Inicia el primer acto. Un hombre, Siegmund, irrumpe en escena. Jadeante y asustado entra a una casa ajena y desconocida en busca de cobijo. La propietaria lo descubre tirado en el suelo, exhausto; asustado, huye de un grupo de hombres enfurecidos que lo han perseguido a trav\u00e9s del bosque. Ella, Sieglinde, se compadece del fugitivo y lo acoge como hu\u00e9sped. Le brinda al desgraciado esos peque\u00f1os servicios que todos agradecer\u00edamos en tales circunstancias: comida, el calor del fuego, la seguridad de un techo, y la afabilidad que tanto necesita quien sufre. Al cabo de un rato aparece Hunding, el esposo. \u00c9l tambi\u00e9n viene cansado del bosque. La visita le sorprende. \u00bfDe qui\u00e9n se trata? El joven declara su nombre y refiere su pasado. Ambos caen en la cuenta: Hunding pertenec\u00eda a la expedici\u00f3n persecutoria que Siegmund evadi\u00f3. Fijamos la mirada. Esperamos lo peor. Inesperadamente, el involuntario anfitri\u00f3n invoca las normas de hospitalidad y exime a Siegmund del duelo que cre\u00edmos inminente. Habr\u00e1n de esperar al amanecer para enfrentarse. Por ahora el fugitivo es hu\u00e9sped. El p\u00fablico, incr\u00e9dulo, califica la salida como un ardid teatral para acrecentar la tensi\u00f3n dram\u00e1tica. Nos parece inveros\u00edmil, un recurso f\u00e1cil, casi rid\u00edculo. Cualquiera de nosotros hubiese aprovechado la ocasi\u00f3n para aprehenderlo. Sin embargo, esa situaci\u00f3n no resultaba del todo extra\u00f1a a quienes asistieron al estreno de la obra en 1870. Al fin y al cabo, ese p\u00fablico estaba familiarizado con las tradiciones judeocristiana y grecorromana, cuya literatura se desborda en episodios relacionados con la virtud de la hospitalidad. Seguramente ellos la hab\u00edan practicado, pues en el siglo XIX, dada la excepcionalidad de los viajes y la solidez de los v\u00ednculos de parentesco, pobres y ricos ofrec\u00edan y recib\u00edan los dones de la hospitalidad, que no es sino extender el techo del hogar a un tercero. LA HOSPITALIDAD SE APRENDE EN CASA En nuestro siglo la hospitalidad ha sido desplazada por la hosteler\u00eda; cuando encontramos la palabra en letra impresa o la escuchamos en boca de alguien, aparece siempre en el contexto de la oferta mercantil: ya sea el paquete vacacional, el servicio hotelero o el trato que nos dispensa la azafata. La hospitalidad se ha vuelto una mercanc\u00eda, de lujo por cierto, un servicio que se provee cuando se paga al contado o, mejor a\u00fan, cuando se garantiza con el voucher firmado de una linajuda tarjeta de cr\u00e9dito. En este mundo del intercambio econ\u00f3mico quedamos desprotegidos si carecemos del escudo de American Express, MasterCard o Visa. Hace alg\u00fan tiempo, un apag\u00f3n el\u00e9ctrico dej\u00f3 varados en Roma a miles de turistas. Al principio, el contratiempo parec\u00eda un inmejorable pretexto para alargar las vacaciones por unas horas, pero pronto se convirti\u00f3 en tragedia. Sin energ\u00eda el\u00e9ctrica, las tarjetas de los turistas carec\u00edan de poder; de privilegiados pasaron a la categor\u00eda de parias; nadie les daba un mendrugo si no hab\u00eda dinero de por medio. Las pr\u00e1cticas hospitalarias de la antig\u00fcedad, al contrario, brindaban protecci\u00f3n y lo hac\u00edan sin exigir nada como compensaci\u00f3n. Se sosten\u00edan en la donaci\u00f3n y la entrega. La hospitalidad es una virtud intr\u00ednsecamente vinculada al hogar. El hu\u00e9sped participa de alg\u00fan modo de la vida dom\u00e9stica, a pesar de ser un extra\u00f1o, se le acoge como a un \u00edntimo y se le trata como tal. Por eso entre los antiguos, la traici\u00f3n al hu\u00e9sped clama a los dioses. Dante no se tienta el coraz\u00f3n y coloca, en su famoso esquema del infierno, a quienes traicionaron a sus hu\u00e9spedes muy cerca de lugar donde el mism\u00edsimo Sat\u00e1n atormenta a Judas y a Bruto, los traidores por excelencia. Quien falta a los deberes de la hospitalidad est\u00e1 muy cerca de faltar a los deberes familiares y merece un castigo proporcionado. En un mundo plagado de piratas y asaltantes, se explica que la hospitalidad fungiera como un valor casi familiar. A la fecha, sentirse integrado y emparentado depende de un dep\u00f3sito bancario. Pero la modernidad no deja de mostrarnos de continuo su peor rostro. La solidaridad, la compasi\u00f3n, la simpat\u00eda parecen desplazadas por la competencia, la eficacia y el individualismo. Las relaciones humanas, incluso las m\u00e1s elementales, se convierten en art\u00edculos intercambiables, en pactos comerciales que pueden romperse siempre y cuando se indemnice a la parte afectada. Horkheimer no andaba muy errado cuando vaticin\u00f3 que las sociedades burguesa e industrial terminar\u00edan por trivializar el matrimonio hasta el punto de asimilarlo a un contrato puramente comercial. Pero los habitantes de este mundo seco, agresivo, violento echan de menos la calidez del hogar y ni tarda ni perezosa, la burgues\u00eda, siempre atenta a las oportunidades de negocios, ha lanzado un nuevo producto: \u00abla hospitalidad en lata\u00bb, \u00abfranquicias de calor de hogar\u00bb, que se compra (sic) con los n\u00fameros m\u00e1gicos de una tarjeta de cr\u00e9dito. Un nuevo fen\u00f3meno emerge. Ahora s\u00f3lo los ricos pueden acceder a una hosteler\u00eda hospitalaria. NOSTALGIA DEL HOGAR PERDIDO Las ansias de hospitalidad son la nostalgia del hogar perdido. Los \u00e1mbitos hegem\u00f3nicos de la vida profesional -universidad, empresa, Estado- han devenido desiertos inh\u00f3spitos, \u00abjunglas de asfalto\u00bb, \u00abguerras de negocios\u00bb, donde la crueldad c\u00ednica y la prepotencia se tienen por virtud. Es muy l\u00f3gico que se a\u00f1oren las cualidades del hogar para hacer m\u00e1s llevaderos los sinsabores de la vida profesional. Todos somos extranjeros en el mundo del capitalismo. La pregunta crucial es si en verdad se puede institucionalizar, si no se trata de un contrasentido, si podemos extrapolar las virtudes del hogar m\u00e1s all\u00e1 del \u00e1mbito de la domus. Cualquier cultura de la hospitalidad debe plantearse, antes que nada, si puede existir al margen del hogar como n\u00facleo duro y paradigma. 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Al cabo de un rato aparece Hunding, el esposo. \u00c9l tambi\u00e9n viene cansado del bosque. La visita le sorprende. \u00bfDe qui\u00e9n se trata? El joven declara su nombre y refiere su pasado. Ambos caen en la cuenta: Hunding pertenec\u00eda a la expedici\u00f3n persecutoria que Siegmund evadi\u00f3. Fijamos la mirada. Esperamos lo peor. Inesperadamente, el involuntario anfitri\u00f3n invoca las normas de hospitalidad y exime a Siegmund del duelo que cre\u00edmos inminente. Habr\u00e1n de esperar al amanecer para enfrentarse. Por ahora el fugitivo es hu\u00e9sped. El p\u00fablico, incr\u00e9dulo, califica la salida como un ardid teatral para acrecentar la tensi\u00f3n dram\u00e1tica. Nos parece inveros\u00edmil, un recurso f\u00e1cil, casi rid\u00edculo. Cualquiera de nosotros hubiese aprovechado la ocasi\u00f3n para aprehenderlo. Sin embargo, esa situaci\u00f3n no resultaba del todo extra\u00f1a a quienes asistieron al estreno de la obra en 1870. Al fin y al cabo, ese p\u00fablico estaba familiarizado con las tradiciones judeocristiana y grecorromana, cuya literatura se desborda en episodios relacionados con la virtud de la hospitalidad. Seguramente ellos la hab\u00edan practicado, pues en el siglo XIX, dada la excepcionalidad de los viajes y la solidez de los v\u00ednculos de parentesco, pobres y ricos ofrec\u00edan y recib\u00edan los dones de la hospitalidad, que no es sino extender el techo del hogar a un tercero. LA HOSPITALIDAD SE APRENDE EN CASA En nuestro siglo la hospitalidad ha sido desplazada por la hosteler\u00eda; cuando encontramos la palabra en letra impresa o la escuchamos en boca de alguien, aparece siempre en el contexto de la oferta mercantil: ya sea el paquete vacacional, el servicio hotelero o el trato que nos dispensa la azafata. La hospitalidad se ha vuelto una mercanc\u00eda, de lujo por cierto, un servicio que se provee cuando se paga al contado o, mejor a\u00fan, cuando se garantiza con el voucher firmado de una linajuda tarjeta de cr\u00e9dito. En este mundo del intercambio econ\u00f3mico quedamos desprotegidos si carecemos del escudo de American Express, MasterCard o Visa. Hace alg\u00fan tiempo, un apag\u00f3n el\u00e9ctrico dej\u00f3 varados en Roma a miles de turistas. Al principio, el contratiempo parec\u00eda un inmejorable pretexto para alargar las vacaciones por unas horas, pero pronto se convirti\u00f3 en tragedia. Sin energ\u00eda el\u00e9ctrica, las tarjetas de los turistas carec\u00edan de poder; de privilegiados pasaron a la categor\u00eda de parias; nadie les daba un mendrugo si no hab\u00eda dinero de por medio. Las pr\u00e1cticas hospitalarias de la antig\u00fcedad, al contrario, brindaban protecci\u00f3n y lo hac\u00edan sin exigir nada como compensaci\u00f3n. Se sosten\u00edan en la donaci\u00f3n y la entrega. La hospitalidad es una virtud intr\u00ednsecamente vinculada al hogar. El hu\u00e9sped participa de alg\u00fan modo de la vida dom\u00e9stica, a pesar de ser un extra\u00f1o, se le acoge como a un \u00edntimo y se le trata como tal. Por eso entre los antiguos, la traici\u00f3n al hu\u00e9sped clama a los dioses. Dante no se tienta el coraz\u00f3n y coloca, en su famoso esquema del infierno, a quienes traicionaron a sus hu\u00e9spedes muy cerca de lugar donde el mism\u00edsimo Sat\u00e1n atormenta a Judas y a Bruto, los traidores por excelencia. Quien falta a los deberes de la hospitalidad est\u00e1 muy cerca de faltar a los deberes familiares y merece un castigo proporcionado. En un mundo plagado de piratas y asaltantes, se explica que la hospitalidad fungiera como un valor casi familiar. A la fecha, sentirse integrado y emparentado depende de un dep\u00f3sito bancario. Pero la modernidad no deja de mostrarnos de continuo su peor rostro. La solidaridad, la compasi\u00f3n, la simpat\u00eda parecen desplazadas por la competencia, la eficacia y el individualismo. Las relaciones humanas, incluso las m\u00e1s elementales, se convierten en art\u00edculos intercambiables, en pactos comerciales que pueden romperse siempre y cuando se indemnice a la parte afectada. Horkheimer no andaba muy errado cuando vaticin\u00f3 que las sociedades burguesa e industrial terminar\u00edan por trivializar el matrimonio hasta el punto de asimilarlo a un contrato puramente comercial. Pero los habitantes de este mundo seco, agresivo, violento echan de menos la calidez del hogar y ni tarda ni perezosa, la burgues\u00eda, siempre atenta a las oportunidades de negocios, ha lanzado un nuevo producto: \u00abla hospitalidad en lata\u00bb, \u00abfranquicias de calor de hogar\u00bb, que se compra (sic) con los n\u00fameros m\u00e1gicos de una tarjeta de cr\u00e9dito. Un nuevo fen\u00f3meno emerge. Ahora s\u00f3lo los ricos pueden acceder a una hosteler\u00eda hospitalaria. NOSTALGIA DEL HOGAR PERDIDO Las ansias de hospitalidad son la nostalgia del hogar perdido. Los \u00e1mbitos hegem\u00f3nicos de la vida profesional -universidad, empresa, Estado- han devenido desiertos inh\u00f3spitos, \u00abjunglas de asfalto\u00bb, \u00abguerras de negocios\u00bb, donde la crueldad c\u00ednica y la prepotencia se tienen por virtud. Es muy l\u00f3gico que se a\u00f1oren las cualidades del hogar para hacer m\u00e1s llevaderos los sinsabores de la vida profesional. Todos somos extranjeros en el mundo del capitalismo. La pregunta crucial es si en verdad se puede institucionalizar, si no se trata de un contrasentido, si podemos extrapolar las virtudes del hogar m\u00e1s all\u00e1 del \u00e1mbito de la domus. Cualquier cultura de la hospitalidad debe plantearse, antes que nada, si puede existir al margen del hogar como n\u00facleo duro y paradigma. 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Un jueves cualquiera, noche de \u00f3pera. Asistimos a una funci\u00f3n de La valquiria, segunda parte de la legendaria tetralog\u00eda de Richard Wagner El anillo de los nibelungos. Mientras los m\u00fasicos de la orquesta ta\u00f1en sus instrumentos y se escuchan las primeras notas de la obra, nos acomodamos buscando el mejor \u00e1ngulo para la funci\u00f3n. Inicia el primer acto. Un hombre, Siegmund, irrumpe en escena. Jadeante y asustado entra a una casa ajena y desconocida en busca de cobijo. La propietaria lo descubre tirado en el suelo, exhausto; asustado, huye de un grupo de hombres enfurecidos que lo han perseguido a trav\u00e9s del bosque. Ella, Sieglinde, se compadece del fugitivo y lo acoge como hu\u00e9sped. Le brinda al desgraciado esos peque\u00f1os servicios que todos agradecer\u00edamos en tales circunstancias: comida, el calor del fuego, la seguridad de un techo, y la afabilidad que tanto necesita quien sufre. Al cabo de un rato aparece Hunding, el esposo. \u00c9l tambi\u00e9n viene cansado del bosque. La visita le sorprende. \u00bfDe qui\u00e9n se trata? El joven declara su nombre y refiere su pasado. Ambos caen en la cuenta: Hunding pertenec\u00eda a la expedici\u00f3n persecutoria que Siegmund evadi\u00f3. Fijamos la mirada. Esperamos lo peor. Inesperadamente, el involuntario anfitri\u00f3n invoca las normas de hospitalidad y exime a Siegmund del duelo que cre\u00edmos inminente. Habr\u00e1n de esperar al amanecer para enfrentarse. Por ahora el fugitivo es hu\u00e9sped. El p\u00fablico, incr\u00e9dulo, califica la salida como un ardid teatral para acrecentar la tensi\u00f3n dram\u00e1tica. Nos parece inveros\u00edmil, un recurso f\u00e1cil, casi rid\u00edculo. Cualquiera de nosotros hubiese aprovechado la ocasi\u00f3n para aprehenderlo. Sin embargo, esa situaci\u00f3n no resultaba del todo extra\u00f1a a quienes asistieron al estreno de la obra en 1870. Al fin y al cabo, ese p\u00fablico estaba familiarizado con las tradiciones judeocristiana y grecorromana, cuya literatura se desborda en episodios relacionados con la virtud de la hospitalidad. Seguramente ellos la hab\u00edan practicado, pues en el siglo XIX, dada la excepcionalidad de los viajes y la solidez de los v\u00ednculos de parentesco, pobres y ricos ofrec\u00edan y recib\u00edan los dones de la hospitalidad, que no es sino extender el techo del hogar a un tercero. LA HOSPITALIDAD SE APRENDE EN CASA En nuestro siglo la hospitalidad ha sido desplazada por la hosteler\u00eda; cuando encontramos la palabra en letra impresa o la escuchamos en boca de alguien, aparece siempre en el contexto de la oferta mercantil: ya sea el paquete vacacional, el servicio hotelero o el trato que nos dispensa la azafata. La hospitalidad se ha vuelto una mercanc\u00eda, de lujo por cierto, un servicio que se provee cuando se paga al contado o, mejor a\u00fan, cuando se garantiza con el voucher firmado de una linajuda tarjeta de cr\u00e9dito. En este mundo del intercambio econ\u00f3mico quedamos desprotegidos si carecemos del escudo de American Express, MasterCard o Visa. Hace alg\u00fan tiempo, un apag\u00f3n el\u00e9ctrico dej\u00f3 varados en Roma a miles de turistas. Al principio, el contratiempo parec\u00eda un inmejorable pretexto para alargar las vacaciones por unas horas, pero pronto se convirti\u00f3 en tragedia. Sin energ\u00eda el\u00e9ctrica, las tarjetas de los turistas carec\u00edan de poder; de privilegiados pasaron a la categor\u00eda de parias; nadie les daba un mendrugo si no hab\u00eda dinero de por medio. Las pr\u00e1cticas hospitalarias de la antig\u00fcedad, al contrario, brindaban protecci\u00f3n y lo hac\u00edan sin exigir nada como compensaci\u00f3n. Se sosten\u00edan en la donaci\u00f3n y la entrega. La hospitalidad es una virtud intr\u00ednsecamente vinculada al hogar. El hu\u00e9sped participa de alg\u00fan modo de la vida dom\u00e9stica, a pesar de ser un extra\u00f1o, se le acoge como a un \u00edntimo y se le trata como tal. Por eso entre los antiguos, la traici\u00f3n al hu\u00e9sped clama a los dioses. Dante no se tienta el coraz\u00f3n y coloca, en su famoso esquema del infierno, a quienes traicionaron a sus hu\u00e9spedes muy cerca de lugar donde el mism\u00edsimo Sat\u00e1n atormenta a Judas y a Bruto, los traidores por excelencia. Quien falta a los deberes de la hospitalidad est\u00e1 muy cerca de faltar a los deberes familiares y merece un castigo proporcionado. En un mundo plagado de piratas y asaltantes, se explica que la hospitalidad fungiera como un valor casi familiar. A la fecha, sentirse integrado y emparentado depende de un dep\u00f3sito bancario. Pero la modernidad no deja de mostrarnos de continuo su peor rostro. La solidaridad, la compasi\u00f3n, la simpat\u00eda parecen desplazadas por la competencia, la eficacia y el individualismo. Las relaciones humanas, incluso las m\u00e1s elementales, se convierten en art\u00edculos intercambiables, en pactos comerciales que pueden romperse siempre y cuando se indemnice a la parte afectada. Horkheimer no andaba muy errado cuando vaticin\u00f3 que las sociedades burguesa e industrial terminar\u00edan por trivializar el matrimonio hasta el punto de asimilarlo a un contrato puramente comercial. Pero los habitantes de este mundo seco, agresivo, violento echan de menos la calidez del hogar y ni tarda ni perezosa, la burgues\u00eda, siempre atenta a las oportunidades de negocios, ha lanzado un nuevo producto: \u00abla hospitalidad en lata\u00bb, \u00abfranquicias de calor de hogar\u00bb, que se compra (sic) con los n\u00fameros m\u00e1gicos de una tarjeta de cr\u00e9dito. Un nuevo fen\u00f3meno emerge. Ahora s\u00f3lo los ricos pueden acceder a una hosteler\u00eda hospitalaria. NOSTALGIA DEL HOGAR PERDIDO Las ansias de hospitalidad son la nostalgia del hogar perdido. Los \u00e1mbitos hegem\u00f3nicos de la vida profesional -universidad, empresa, Estado- han devenido desiertos inh\u00f3spitos, \u00abjunglas de asfalto\u00bb, \u00abguerras de negocios\u00bb, donde la crueldad c\u00ednica y la prepotencia se tienen por virtud. Es muy l\u00f3gico que se a\u00f1oren las cualidades del hogar para hacer m\u00e1s llevaderos los sinsabores de la vida profesional. Todos somos extranjeros en el mundo del capitalismo. La pregunta crucial es si en verdad se puede institucionalizar, si no se trata de un contrasentido, si podemos extrapolar las virtudes del hogar m\u00e1s all\u00e1 del \u00e1mbito de la domus. Cualquier cultura de la hospitalidad debe plantearse, antes que nada, si puede existir al margen del hogar como n\u00facleo duro y paradigma. 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