{"id":24318,"date":"1999-07-01T00:00:00","date_gmt":"1999-07-01T00:00:00","guid":{"rendered":"http:\/\/192.168.1.157\/istmo\/?p=24318"},"modified":"1999-07-01T00:00:00","modified_gmt":"1999-07-01T00:00:00","slug":"violencia_y_belleza_a_proposito_de_borges","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/dim-id.com\/pruebaentradas2023\/1999\/07\/01\/violencia_y_belleza_a_proposito_de_borges\/","title":{"rendered":"Violencia y belleza a prop\u00f3sito de Borges"},"content":{"rendered":"<button class=\"simplefavorite-button has-count\" data-postid=\"24318\" data-siteid=\"1\" data-groupid=\"1\" data-favoritecount=\"0\" style=\"\">Leer despu\u00e9s <i class=\"sf-icon-star-empty\"><\/i><span class=\"simplefavorite-button-count\" style=\"\">0<\/span><\/button><body><p>Un mareo, recuerda Gabriel Zaid, cierta clase de v\u00e9rtigo sent\u00eda cada vez que pisaba una biblioteca: era el deseo, la ambici\u00f3n de leer todos los libros. La noche, pens\u00f3 Borges, en esta biblioteca m\u00e1s vasta que es el mundo, nos libra de la mayor congoja: la prolijidad de lo real. La poes\u00eda magnifica este mareo y esta congoja, seg\u00fan razonaron los medievales, porque completa el n\u00famero de los entes debidos en el universo. Ser \u00abminuciosa de realidad\u00bb, siquiera en torno a unas pocas costumbres los arrabales, el ocaso, Buenos Aires, los arrabales a la luz poniente ser minuciosa de realidad es la virtud primera de la poes\u00eda de Borges. Y ser m\u00fasica. El poeta, ese m\u00fasico que no pudo ser, que se bienlogr\u00f3 en otra cosa.<br>\nUn aleph, un punto del espacio donde convergen todos los puntos del espacio. El aleph que fui capaz de ser, as\u00ed podr\u00eda llamarse ese cat\u00e1logo de querencias que es El otro poema de los dones: el aleph que me cupo en la memoria y el afecto, la porci\u00f3n de mundo que fue, para m\u00ed, minuciosa de realidad.<br>\nLa veneraci\u00f3n de los mayores, de los antepasados que empu\u00f1aron la espada, es una de esas obstinadas costumbres a las que Borges se aplic\u00f3 con minucia. La muerte violenta, la sangre a chorros del que se ha batido a cuchilladas, del que pele\u00f3, del que se jug\u00f3 la vida, es privilegio de los valientes. No la vida que se apaga poco a poco, que declina torpe, desganadamente. La existencia se cumple cuando la muerte nos alcanza en el cl\u00edmax, en la c\u00faspide de la bravura y de la potencia f\u00edsica: cuando nosotros alcanzamos la muerte. Y s\u00f3lo son trofeo varones para las vitrinas las piezas que la Parca recoge en plenitud: los m\u00fasculos tensos, la sangre a tope, la sien nervuda. \u00bfQui\u00e9n exhibe las carnes flojas de un animal cazado en su vejez? \u00bfQui\u00e9n se ofrece al rid\u00edculo de disecar un tigre debilucho y de anteojeras, un estudioso felino versado en libros de cacer\u00eda pero que nunca oprobio de la especie afil\u00f3 las garras en una osamenta de cebra, sino en el penumbroso tintero de su imaginaci\u00f3n?<br>\nLe falta vida a esta vida sedentaria de escritor, le falta Il\u00edada y Odisea a este Homero argentino. Es un t\u00edmido y apocado poema esta rutina del bast\u00f3n y del recuerdo, de las numerables s\u00edlabas, para uno que tradujo el expansivo, el extrovertido, el exuberante Canto a m\u00ed mismo de Whitman, que Borges tradujo. Y se nos aparece como una existencia menguada la del que tuvo que contentarse con narrar la gesta, porque el protagonista es otro, el protagonista es Ayax, es Di\u00f3medes, es Aquiles armado por los dioses mismos, inyectados los ojos en ira al abandonar el campamento. El poeta no es lo importante, sino el poema, y el poema es Aquiles. Si la fatalidad te puso en las huestes del poeta, dos ocupaciones te incumben: primero, cantar la c\u00f3lera del P\u00e9lida, y segundo, resignaci\u00f3n.<br>\n<em>Gram, Durendal, Joyeuse, Excalibur.<\/em><br>\n<em>Sus viejas guerras andan por el verso,<\/em><br>\n<em>Que es la \u00fanica memoria. El universo<\/em><br>\n<em>Las siembra por el Norte y por el Sur.<\/em><br>\n<em>En la espada persiste la porf\u00eda<\/em><br>\n<em>De la diestra viril, hoy polvo y nada;<\/em><br>\n<em>En el hierro o el bronce, la estocada<\/em><br>\n<em>Que fue sangre de Ad\u00e1n un primer d\u00eda.<\/em><br>\n<em>Gestas he enumerado de lejanas<\/em><br>\n<em>Espadas cuyos nombre dieron muerte<\/em><br>\n<em>A reyes y a serpientes. Otra suerte<\/em><br>\n<em>De espadas hay murales y cercanas.<\/em><br>\n<em>D\u00e9jame, espada, usar contigo el arte;<\/em><br>\n<em>Yo, que no he merecido manejarte.<\/em><br>\nLa virtud antigua, nos ha ensa\u00f1ado Werner Jaeger, consisti\u00f3 en la bravura. La excelencia del var\u00f3n era su temeridad, el desprecio de la muerte. Entre los hombres destacaba aquel que, llegado el punto de batirse, mayor arrojo demostraba. La hora de la verdad, ese momento de la vida en que debemos elegir entre retroceder y vivir humillados, femeninos, ajenos a la condici\u00f3n viril, o alzarnos por encima de nosotros mismos, la hora de la verdad comparec\u00eda exclusivamente en la lucha cuerpo a cuerpo.<br>\nLa fortaleza como la defini\u00f3 certero Josef Pieper es la virtud que previene al hombre de amar tanto su vida que termine perdi\u00e9ndola. Tener en poco la propia vida, para ganarla, para triunfar de s\u00ed mismo, eso es ser fuerte.<br>\nEl \u00e1nimo combativo, a qu\u00e9 dudarlo, est\u00e1 entreverado con las condiciones f\u00edsicas. Las rodillas del h\u00e9roe troyano, del valeros\u00edsimo H\u00e9ctor, cobran vida, personalidad aparte, y se echan a temblar cuando presienten el embate incontenible del \u00fanico guerrero superior. Dividido el cuerpo del esp\u00edritu, el hijo de Pr\u00edamo encuentra la derrota de antemano, la testifica dentro de s\u00ed cuando su involuntario cuerpo lo abandona. Nadie ignora que la naturaleza no es justa al repartir sus dones: el h\u00e9roe est\u00e1 muscularmente equipado para su tarea, y la ira lo acompa\u00f1a cuando hace falta coraje para aventar el cuerpo.<br>\nEs cierto que junto a la virtud antigua del var\u00f3n, la andreia, la bravura, despunta ya la sagacidad de Odiseo, y en ciernes late la piedad de Eneas, e intacto relumbra el sacrificio de H\u00e9ctor. Es cierto que junto a la virtud antigua de la mujer, ser bella, ser perfecta receptora de la solicitud er\u00f3tica del var\u00f3n (otra vez Jaeger), caminan ya la fidelidad y la prudencia de Pen\u00e9lope. Pero la virtud antigua no es desplazada del todo: si nuevas cualidades, de mayor nobleza y humanidad, se a\u00f1aden a la condici\u00f3n del h\u00e9roe, la destreza en la lucha cuerpo a cuerpo y el valor a toda prueba persisten en el retrato del non plus ultra.<br>\nEl impulso civilizador no ahoga del todo la ra\u00edz profunda del deseo de lucha, de la estirpe militar y su fondo animal. Es po\u00e9tico, es metaf\u00f3rico el recuerdo flam\u00edgero de una guerra entre \u00e1ngeles. No es po\u00e9tico el sustrato violento en el alma encarnada de los hombres; no es creaci\u00f3n: es constataci\u00f3n. Y de ese pozo sacar\u00e1n los ni\u00f1os la sabidur\u00eda instintiva de apretar los pu\u00f1os y hacer de sus miembros armas de ataque. Sin motivo verdadero, sin necesidad apenas de provocaci\u00f3n, saldr\u00e1 a flote, inalterado, el instinto de guerrear y de batirse, como en el impecable personaje de Borges, Juan Dahlmann, bibliotecario en la calle C\u00f3rdoba, que de un compartimento ignoto sac\u00f3 la ambici\u00f3n viril de \u00abmorir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo\u00bb.<br>\nCon este instinto Borges us\u00f3 como ninguno el arte. Tomaba provisiones de su \u00abpasado militar\u00bb, e imaginaba el santo cabalgar de sus mayores por la llanura, dirigi\u00e9ndose hacia la muerte, y se acongojaba de no bregar en esos d\u00edas heroicos. Pero tambi\u00e9n cargaba sus artificiosos fusiles en un pasado paralelo, com\u00fan a todos los hombres, desde el cual nuestro fondo violento se mira m\u00e1s cristalino: no es reacci\u00f3n fundamentalmente el instinto combativo, no es respuesta ante el agresor; es gratuito como la danza, absuelto como la m\u00fasica, es un juego natural del movimiento:<br>\n<em>\u00bfD\u00f3nde estar\u00e1n aquellos que pasaron,<\/em><br>\n<em>Dejando a la epopeya un episodio,<\/em><br>\n<em>Una f\u00e1bula al tiempo, y que sin odio,<\/em><br>\n<em>Lucro o pasi\u00f3n de amor se acuchillaron?<\/em><br>\n<em>En la m\u00fasica est\u00e1n, en el cordaje<\/em><br>\n<em>De la terca guitarra trabajosa,<\/em><br>\n<em>Que trama en la milonga venturosa<\/em><br>\n<em>La fiesta y la inocencia del coraje.<\/em><br>\n<em>[\u2026] El tango crea un turbio<\/em><br>\n<em>Pasado irreal que de alg\u00fan modo es cierto,<\/em><br>\n<em>El recuerdo imposible de haber muerto<\/em><br>\n<em>Peleando, en una esquina del suburbio.<\/em><br>\nComo la danza es s\u00edmbolo perfecto de alegr\u00eda y plenitud, as\u00ed como se rompe a bailar, regalando el cuerpo al movimiento m\u00e1s profundamente in\u00fatil, as\u00ed la lucha \u00absin odio, lucro o pasi\u00f3n de amor\u00bb es la danza del hombre airado, es la manifestaci\u00f3n espacial del odio. La mirada desde\u00f1osa al toparse con un busc\u00f3n en la cantina, el fingido choque de hombros con un atravesado, el comentario entre dientes, no son tanto motivo cuanto pretexto fugaz para entregarse a esta danza que exige compa\u00f1ero. Lo que verdaderamente se dice en esos instant\u00e1neos encuentros es:<br>\n\u2014 Est\u00e1n tocando nuestra canci\u00f3n. \u00bfBailamos?<br>\n\u2014 El gusto es m\u00edo.<br>\n\u2014 Despu\u00e9s de usted.<br>\nTodav\u00eda no han intercambiado sus nombres cuando ya est\u00e1n trabados a golpes. Es agresi\u00f3n a primera vista: \u00abEl destino nos ha elegido desde siempre, a usted y a m\u00ed, para hacer d\u00fao en este pleito\u00bb. Las formalidades del cortejo, trat\u00e1ndose de idilios pugil\u00edsticos, reducen su tr\u00e1mite a lo indispensable. El codazo accidental es f\u00f3rmula de cortes\u00eda.<br>\nY como hasta de los instintos m\u00e1s primitivos se puede hacer organizaci\u00f3n, el deporte, adem\u00e1s de esparcimiento, es cauce reglado para descargar el furor. Hay quienes piensan que el boxeo es inhumano, que extrae de los hombres su resto m\u00e1s animal, que es cruel y b\u00e1rbaro gozarse con una golpiza, con un rostro deforme a fuerza de trompadas, con la sangre y el desplome de una persona. Tienen raz\u00f3n, y s\u00f3lo se equivocan en la medida en que lo salvaje y lo violento pertenecen al hombre tanto como una parte animal conviene a su naturaleza. Defenderse como los hombres, parad\u00f3jicamente, significa medirse como los animales.<br>\nLa violencia es una fuerza disgregante del esp\u00edritu civil. Civilizar significa humanizar: vestir al mundo con ropaje humano, dotarlo de orden, de raz\u00f3n. La civilizaci\u00f3n avanza cuando la violencia retrocede. Hay sociedad cuando la fuerza del di\u00e1logo espec\u00edficamente humana triunfa sobre la fuerza f\u00edsica gen\u00e9ricamente animal. Pero en el dominio del arte rige otra l\u00f3gica: extra\u00f1a inversi\u00f3n por la que gozamos y nos admiramos con la violencia que en nuestras sociedades queremos erradicar. Arist\u00f3teles entendi\u00f3 dicha l\u00f3gica como cat\u00e1rsis: purificaci\u00f3n de las pasiones mediante la piedad y el terror (Alfonso Reyes). Freud la entendi\u00f3 como sublimaci\u00f3n: transformaci\u00f3n de un impulso inconsciente. M\u00e1s que enfrentarse, ambas explicaciones se complementan.<br>\nQuiz\u00e1 tambi\u00e9n sean complementarias dos pel\u00edculas b\u00e9licas de signo contrario. Casi al final de \u00abEnrique V\u00bb, drama de Shakespeare llevado a la pantalla por Kenneth Branagh, hay una batalla memorable entre ingleses y franceses. En c\u00e1mara lenta los soldados combaten entre el fango de Agincourt. Violando las reglas m\u00e1s elementales de la guerra, los franceses han asesinado a ni\u00f1os escuderos, pero, tras la refriega, las inferiores huestes del brit\u00e1nico se imponen en el d\u00eda de San Crisp\u00edn. Durante la batalla, la matanza es terrible y el aliento queda suspendido, pero la escena, silenciosa, dramatiza, estetiza, sublima la crueldad y el horror. Hay llanto, hay sangre, hay mugre por doquier, pero los sobrevivientes levantan a sus muertos cantando Non nobis. La escena es gloriosa. Y contra eso dirige su pel\u00edcula Steven Spielberg: la guerra, dice, no es gloriosa, sino espantosa. \u00abRescatando al soldado Ryan\u00bb prescinde casi por completo de la m\u00fasica y pretende mostrar con realismo la crudeza del combate. Despu\u00e9s de la batalla no hay cantos, sino hombres malheridos que a\u00fayan de dolor. Dramatizar es tergiversar, y por ello esta pel\u00edcula no dramatiza: prescinde del arte y sus afeites. Es premeditadamente antiest\u00e9tica.<br>\nLa violencia en Borges es la cima del esteticismo: la f\u00e1bula de los que \u00absin odio, lucro o pasi\u00f3n de amor se acuchillaron\u00bb es violencia pura, inmaculada de motivo. No hay causa justa como en la guerra, ni pasi\u00f3n obnubilante como en el amor, ni siquiera un humilde robo. \u00bfDe d\u00f3nde, pues, una nostalgia de morir gratuitamente de cara al pavimento? Es la virtud antigua que viene por sus fueros. Es la mano atrofiada por la pluma, anhelante de la daga que pudo empu\u00f1ar. Son los mayores que sobreviven en m\u00ed, los que gustaron la honra de morir peleando. Es un pasado m\u00edtico que nos reclama, porque estuvimos a los pies de Ili\u00f3n, conteniendo aqueos y acorralando teucros, tanto como estuvimos en el rop\u00f3n de un payador que se faj\u00f3 a tiros con los que plausiblemente lo injuriaron. Es la presencia en m\u00ed de \u00abun turbio pasado irreal que de alg\u00fan modo es cierto\u00bb.<br>\nA veces esta presencia es menos turbia que di\u00e1fana, m\u00e1s n\u00edtida y menos diluida en los archivos de la especie. As\u00ed fue para el amigo de Borges, Alfonso Reyes, en cuyo caso la \u00abnost\u00e1lgia de la \u00e9pica es memoria personal\u00bb (A. Casta\u00f1\u00f3n). Por eso, al revivir la guerra de Troya, Reyes revive su propia juventud: la tr\u00e1gica muerte de su padre, a las puertas de Palacio Nacional, el 9 de febrero de 1913.<br>\n<em>Por gracia o maldici\u00f3n otro lo acierte,<\/em><br>\n<em>un patrimonio traigo en la memoria<\/em><br>\n<em>de valent\u00eda y de dolor y muerte.<\/em><br>\n<em>Gritos y llantos, p\u00e1nico y victoria,<\/em><br>\n<em>todo lo tuve junto a m\u00ed, de suerte<\/em><br>\n<em>que todo es sentimiento m\u00e1s que historia.<\/em><br>\nPero \u00bfqui\u00e9n puede con verdad fijar los l\u00edmites de su familia entre los hombres? \u00bfC\u00f3mo escapar a un patrimonio irrenunciable y compartido?<br>\n<em>A siglos de distancia la sangre es siempre una,<\/em><br>\n<em>e igual es la congoja e igual es el contento.<\/em><br>\nDe entre las muchas convergencias Borges y Reyes, \u00e9sta es una m\u00e1s, aunque hayan dado cauce a sus demonios interiores de modos diferentes.<br>\nA Borges le resultaba irresistible todo lo que oliera a jugarse la vida, si por una nader\u00eda, muy bien, si por algo mayormente noble y femenino, tambi\u00e9n. Y as\u00ed, como recuerda Juan Jos\u00e9 Arreola, ten\u00eda predilecci\u00f3n por este cuarteto de La Suave Patria:<br>\n<em>Suave Patria, vendedora de ch\u00eda:<\/em><br>\n<em>quiero raptarte en la cuaresma opaca,<\/em><br>\n<em>sobre un gara\u00f1\u00f3n, y con matraca,<\/em><br>\n<em>y entre los tiros de la polic\u00eda.<\/em><br>\nMezclar amor y peligro con el agravante de que aqu\u00ed la amada es la Patria es poner en conflagraci\u00f3n los dos instintos fundamentales. Pero tambi\u00e9n es enturbiarlos, confundirlos, perder la nitidez que tienen por separado. Por ello el argentino prefiri\u00f3 la violencia desinteresada, pr\u00edstina, inocente:<br>\nA Juan Dahlmann personaje de Borges, Borges mismo, fabulado en el relato El Sur, de Ficciones lo fastidian unos compadritos insulsos. Juan Dahlmann los ignora, pero ellos insisten. (Un gaucho, \u00abde esos que ya no quedan m\u00e1s que en el Sur\u00bb, contempla la escena.) Uno de los compadritos se encara y lo invita a pelear. Dahlmann est\u00e1 desarmado, pero \u00abdesde un rinc\u00f3n, el viejo gaucho ext\u00e1tico, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tir\u00f3 una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo\u00bb.<br>\nEl Sur est\u00e1 dentro de cada uno y nos reclama, nos presta el arma, nos devuelve la estirpe militar (que es nuestra). El Norte est\u00e1 m\u00e1s all\u00e1, fuera de nosotros, y hacia \u00e9l nos dirigimos como hacia una sociedad perfecta, so\u00f1ada, ut\u00f3pica, \u00edntima como un deber. Borges (como todos) pertenece al Norte y al Sur, y ya que su destino terreno traz\u00f3 sus jornadas por la reflexiva y solitaria brecha de la escritura, \u00e9l anhel\u00f3, naturalmente, \u00abla fiesta y la inocencia del coraje\u00bb. Un tanto huero podr\u00e1 parecer, a los que conocen esta fiesta en carne propia, el \u00e1nimo violento, el alma pendenciera de Borges. Terrible y magn\u00edfico, en cambio, lo encuentra el que consume sus d\u00edas contra los libros. Borges, con espl\u00e9ndidos versos, nos entrega la gloria de \u00abmorir peleando en una esquina del suburbio\u00bb. Es una suerte de restituci\u00f3n, posible gracias al arte po\u00e9tico, por la que Borges convierte al horror en belleza. Extrae de lo infame lo sublime:<br>\n<em>\u00abPerfilados bien por un fondo de paredes celestes o de cielo alto, dos compadritos envainados en seria ropa negra bailan sobre zapatos de mujer un baile grav\u00edsimo, que es el de los cuchillos parejos, hasta que de una oreja salta un clavel porque el cuchillo ha entrado en un hombre, que cierra con su muerte horizontal el baile sin m\u00fasica. Resignado, el otro se acomoda el chambergo y consagra su vejez a la narraci\u00f3n de ese duelo tan limpio. \u00c9sa es la historia detallada y total de nuestro malevaje\u00bb.<\/em><br>\nAl Norte, el progreso, la evoluci\u00f3n, la humanidad buscada (la aut\u00e9ntica;al Sur, el regreso, la involuci\u00f3n, la humanidad recuperada (la aut\u00e9ntica). Y entre ambos, el hombre concreto, el que gasta su vida buscando el centro.<\/p>\n<\/body><button class=\"simplefavorite-button has-count\" data-postid=\"24318\" data-siteid=\"1\" data-groupid=\"1\" data-favoritecount=\"0\" style=\"\">Leer despu\u00e9s <i class=\"sf-icon-star-empty\"><\/i><span class=\"simplefavorite-button-count\" style=\"\">0<\/span><\/button>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Jorge Luis Borges esgrime muchas p&aacute;ginas para ambicionar el arte de jugarse la vida, de batirse a sabiendas de que en la batalla el coraz&oacute;n es m&aacute;s rojo sangre, &eacute;sa que nos humedece a todos, est&aacute; -por fin- punzantemente viva&#8230;<\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"om_disable_all_campaigns":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":""},"categories":[2],"tags":[62],"class_list":["post-24318","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-miscelanea","tag-ejemplar_243"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO Premium plugin v21.2 (Yoast SEO v27.6) - 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