{"id":22115,"date":"1995-11-01T00:00:00","date_gmt":"1995-11-01T00:00:00","guid":{"rendered":"http:\/\/192.168.1.157\/istmo\/?p=22115"},"modified":"2023-11-08T06:05:58","modified_gmt":"2023-11-08T11:05:58","slug":"matrimonio_y_reparto_de_poder","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/dim-id.com\/pruebaentradas2023\/1995\/11\/01\/matrimonio_y_reparto_de_poder\/","title":{"rendered":"Matrimonio y reparto de poder"},"content":{"rendered":"<button class=\"simplefavorite-button has-count\" data-postid=\"22115\" data-siteid=\"1\" data-groupid=\"1\" data-favoritecount=\"0\" style=\"\">Leer despu\u00e9s <i class=\"sf-icon-star-empty\"><\/i><span class=\"simplefavorite-button-count\" style=\"\">0<\/span><\/button><body><p>Adentr\u00e9monos por ese oscuro, tortuoso y complicado laberinto que es la distribuci\u00f3n del poder en el \u00e1mbito de la conyugalidad. Y para ello nada mejor que transcribir lo que acontece en alguna distendida reuni\u00f3n con matrimonios.<br>\nLes invito a hacer el siguiente experimento. Introduzcan en la conversaci\u00f3n, como por casualidad, el problema de las diferencias entre el hombre y la mujer, y la distribuci\u00f3n del poder entre los esposos. De inmediato, como si se hubiera descorchado una generosa bebida, la conversaci\u00f3n se animar\u00e1. Subir\u00e1 el nivel de participaci\u00f3n de los concurrentes hasta tal punto que a los escasos minutos habr\u00e1 no una sino tantas conversaciones como contertulios presentes. Se quitar\u00e1n unos a otros la palabra, competir\u00e1n entre s\u00ed por disponer de m\u00e1s tiempo para expresar sus ideas, probablemente coincidir\u00e1n en el uso de los argumentos a favor o en contra de ciertos t\u00f3picos milenarios, y acabar\u00e1n por alinearse en dos bandos, de fronteras mal definidas, en funci\u00f3n de su g\u00e9nero. Y aunque alguien trate de desviar la conversaci\u00f3n a otros asuntos \u00be al menos, mientras se prolongue esa reuni\u00f3n\u00be se volver\u00e1 con insistencia, frontal o subrepticiamente, al tema.<br>\nNadie llegar\u00e1 a ninguna conclusi\u00f3n, ninguno de los problemas abordados encontrar\u00e1 all\u00ed soluci\u00f3n, pero la tertulia ser\u00e1 calificada de muy animada. He aqu\u00ed un tema, socorrido y conocido, del que echar mano cuando una reuni\u00f3n social comienza a languidecer y amenaza con tornarse tediosa. El experimento nunca falla. Hasta ese punto est\u00e1n afincadas en uno y otro g\u00e9nero ciertas actitudes \u00be muchas de ellas irracionales\u00be respecto de los g\u00e9neros.<\/p>\n<p class=\"subtit\"><strong>Las quejas femeninas<\/strong><\/p>\n<p>En las disputas dom\u00e9sticas a las que acabo de referirme \u00be una especie de inocente entretenimiento social, por otra parte, muy frecuente y hoy en alza\u00be , no suelen faltar las quejas que, l\u00f3gicamente, se tematizan de modo diverso en funci\u00f3n de los g\u00e9neros. Las mujeres apelar\u00e1n a la ingratitud del var\u00f3n al no reconocer las muchas y fundamentales tareas dom\u00e9sticas que ellas realizan; al oscuro y desconsiderado trabajo que, sin apenas validez social, llevan a cabo para sostener la paz, concordia y buena marcha del hogar; a sus buenas habilidades para comprar lo mejor y m\u00e1s barato; a sus excelentes dotes como administradoras; a la magn\u00edfica acci\u00f3n educadora por ellas desplegada sobre los hijos, compatible casi siempre con la total ausencia de los esposos.<br>\nCiertamente, en este punto tienen toda la raz\u00f3n. Pero a ning\u00fan observador experimentado se le esconde que la extensi\u00f3n del poder femenino en el \u00e1mbito conyugal no se restringe s\u00f3lo a estas funciones dom\u00e9sticas a pesar de que, por su importancia, resulten imprescindibles y por ello irrenunciables.<br>\nHay otros muchos sectores, ausentes las m\u00e1s de las veces en estas reuniones informales, en los que la prepotencia de la mujer resulta insoslayable. Me refiero, claro est\u00e1, a su funci\u00f3n de determinar d\u00f3nde pasar las vacaciones, a qu\u00e9 colegio ir\u00e1n los hijos, c\u00f3mo ha de vestirse el marido, cu\u00e1les amigos invitar\u00e1n a casa\u2026 y esos cien mil detalles, en apariencia min\u00fasculos, que constituyen el tejido precioso y sin costura de la convivencia familiar de cada d\u00eda. En este punto, el poder latente y sumergido de la mujer, suplanta cualquier alternativa por parte del var\u00f3n.<br>\nNo es menos cierto que, cuando la mujer habla del poder, habla desde la orilla en que est\u00e1 varada, es decir, desde lo que ella no es ni tiene \u00be al menos, seg\u00fan los datos hist\u00f3ricos y sociol\u00f3gicos disponibles\u00be , pero a la vez juzga sobre lo que supone o atribuye que los dem\u00e1s (los hombres) tienen y son.<br>\nEl var\u00f3n, por su parte, se esconde tras el poder que le ha sido conferido y permanece ah\u00ed acuclillado, no tanto porque le guste pasar inadvertido como para protegerlo y protegerse \u00e9l mismo de cualquier conflicto potencial amenazante. La atribuci\u00f3n femenina hunde sus ra\u00edces en algo m\u00e1s que la sospecha; el poder atribuido al var\u00f3n se parapeta en el silencio. Aqu\u00e9lla no logra desvanecer en su intento las diferencias existentes entre la imagen y el ser, las apariencias y el ser; \u00e9ste, en cambio, se hunde en lo inercial, en las escalas jer\u00e1rquicas socialmente vigentes, en la deseabilidad social propia de cada coyuntura.<br>\n<strong>Las quejas masculinas<\/strong><br>\nLos varones, por su parte, se quejan de lo penoso que es salir cada d\u00eda de casa en busca de los necesarios recursos econ\u00f3micos; de las incomprensiones y competitividades que han de soportar en su lugar de trabajo; del estr\u00e9s al que est\u00e1n sometidos, tal y como se ha configurado la actual sociedad; de la enojosa y pesada responsabilidad que gravita sobre sus espaldas; de la ausencia de reconocimiento familiar respecto de lo arduo de su tarea, cuando precisamente la entera sociedad lo magnifica.<br>\nLas quejas masculinas se construyen en torno al poder f\u00e1ctico que se atribuye a la mujer en el hogar. Tambi\u00e9n el hombre sigue aqu\u00ed el itinerario de las atribuciones no confirmadas. Si \u00e9l nunca est\u00e1 en casa, \u00bfc\u00f3mo puede conocer el reparto de poder que all\u00ed se opera? El encubierto poder atribuido a la mujer pasa por el silente absentismo del marido en el hogar. El juicio versa aqu\u00ed tambi\u00e9n sobre actividades y decisiones que \u00e9l no sabe ni hace y que, no obstante, s\u00ed que atribuye a su mujer. El juicio (abstracto) califica esa ingente multitud de actividades dom\u00e9sticas (concretas) que \u00e9l desconoce por completo. Por eso, aunque se hable del \u201cpoder encubierto\u201d de la mujer en el hogar, hay que poner de relieve la \u201cinteresada ausencia\u201d, no menos encubierta, de los varones jugadores.<br>\nUnos y otras, en sus discursos acerca del poder, tratan de apropiarse un marco referencial configurado desde la mera sospecha y vertebrado por peque\u00f1os indicios in\u00fatiles, carentes de referencias. El reparto de poder as\u00ed constituido adolece de un fiel equilibrio. A la mujer se le atribuye el poder interno (el del hogar), mientras al var\u00f3n se le ubica en otro \u201clocus\u201d (calle, empresa, pol\u00edtica).<br>\nCuando el poder es as\u00ed entendido \u00be como un contraservicio dominador sobre el otro\u00be acaba por desvirtuarse. No s\u00f3lo \u00e9l y quien lo detenta y ejerce, sino tambi\u00e9n sobre los que se ejerce. Shelley describ\u00eda como sigue estos extremos: \u201cEl poder, cual desoladora pestilencia, mancha lo que toca; y la obediencia, que emponzo\u00f1a todo genio, virtud libertad y verdad, hace esclavos de los hombres, y de los humanos espasm\u00f3dicos aparatos\u201d. \u00bfSuceder\u00eda igual, ser\u00edan estos mismos sus efectos, si el imperativo del poder y la docilidad de la obediencia se entendieran articulados desde una sola categor\u00eda, la de servir?<br>\nComo puede observarse, es dif\u00edcil establecer de una vez por todas, c\u00f3mo se distribuye el poder entre los c\u00f3nyuges, especialmente si no disponemos de estudios emp\u00edricos. Los datos suelen ser sustituidos por la ideolog\u00eda que, a su vez, es capaz de realizar una construcci\u00f3n social de la realidad que, tal vez, pueda suplantar a aqu\u00e9lla. Y de eso hemos de estar advertidos.<br>\n<strong>Poder, mandar y obedecer<\/strong><br>\nEl discurso sobre el poder, en el \u00e1mbito del matrimonio, sobrenada m\u00e1s en atribuciones e inferencias que en realidades. Entre los numerosos dispositivos que ocultan o enmascaran su estudio podemos se\u00f1alar las atribuciones por parte de la mujer acerca del poder omn\u00edmodo que la sociedad (o el mismo hombre) ha conferido a este \u00faltimo, y la invariable queja masculina relativa al omniabarcante poder encubierto \u00be pero poder al fin\u00be que la mujer ejerce en el hogar. Las diferencias desde las que se inician ambos discursos no resultan indiferentes para el propio discurso.<br>\nLa ret\u00f3rica femenina se enfrenta a la ret\u00f3rica masculina, sin apenas encontrarse, como debiera ser, en el \u201cespacio de los iguales\u201d. Nos encontramos aqu\u00ed con dos ret\u00f3ricas, a veces radicalmente enfrentadas, que a menudo se resuelven mal, propiciando la separaci\u00f3n o el divorcio, es decir, disolviendo el nudo sobre el que se fundaba precisamente la uni\u00f3n de las voluntades conyugales.<br>\nEl poder se concreta en el mando, aunque puedan establecerse diferencias entre uno y otro. Una de las tareas m\u00e1s dif\u00edciles, a qu\u00e9 dudarlo, es la del gobierno de los hombres. Mandar no es cosa f\u00e1cil y, a lo que parece, hoy mucho m\u00e1s dif\u00edcil que ayer, dada la actual extensi\u00f3n del permisivismo familiar y social.<br>\nDe otra parte, el prestigio y validez social que desde antiguo adorna a los que mandan, no son todo lo equitativos que debieran. En efecto, el halo que rodea a los gobernantes magnifica su imagen revisti\u00e9ndola de misterio. El reparto de responsabilidades no siempre es aqu\u00ed tan justo como debiera. Cuando el resultado de la acci\u00f3n de quienes gobiernan es exitoso, \u00e9ste s\u00f3lo se atribuye a ellos.<br>\nLos \u00e9xitos casi nunca son compartidos. El \u00e9xito no revierte, al parecer, sobre quienes obedecen. En ocasiones, algo antit\u00e9tico acontece respecto al fracaso. Del fracaso se culpa con frecuencia a quienes ten\u00edan una menor cota de responsabilidad, a los que no se les dio la opci\u00f3n de tomar aquella decisi\u00f3n, es decir, a quienes simplemente obedecieron.<br>\nLa sociedad actual magnifica la labor de quienes mandan y minimiza la de quienes obedecen. Pero esto sucede porque ignora qu\u00e9 significa mandar y obedecer. Mandar y obedecer son funciones que se exigen rec\u00edprocamente. Si no hubiera nadie que obedeciera, ser\u00eda imposible y no habr\u00eda \u201cde facto\u201d nadie que realmente mandara. Y al contrario: si no hubiera quien mandara, tampoco habr\u00eda quien pudiera obedecer.<br>\nMandar y obedecer debieran entenderse como la s\u00edntesis de dos o m\u00e1s voluntades que, amalgamadas entre s\u00ed, se articulan perfectamente, de tal modo que se funden sin confundirse. El hombre es el \u00fanico animal que puede obedecer, pero su obediencia \u00be no se olvide\u00be , por ser humana, ha de ser inteligente y libre. Esto quiere decir, que quienes obedecen han de disponer de tanta informaci\u00f3n como quienes mandan. Y que en el caso de que quienes obedecen incorporen nuevas informaciones, en el transcurso de la acci\u00f3n que en ellos se ha delegado, es condici\u00f3n indispensable \u00be si se aspira a que esta funci\u00f3n no se desnaturalice\u00be poner a disposici\u00f3n de quienes mandan los nuevos datos disponibles. Este \u201cfeedback\u201d informativo es imprescindible para que las acciones de mandar y obedecer se perpet\u00faen en el tiempo, es decir, para que alcancen eficazmente su objetivo.<br>\nCuando no se funciona as\u00ed, entramos en el mundo de las apariencias, simulaciones y enga\u00f1os; un escenario en que el poder de la voluntad \u00be tanto del que manda como de quien obedece\u00be se desarticula, desvanece y disuelve. Precisamente por eso, el \u00e9xito de quienes mandan ha de ser siempre compartido con y por quienes obedecen \u00be y sin cuya intervenci\u00f3n dicha acci\u00f3n no habr\u00eda tenido lugar\u00be , con quienes material o propiamente llevaron a cabo tal acci\u00f3n. Lo mismo puede afirmarse respecto del fracaso. Las voluntades de unos y otros se han fundido tanto en la acci\u00f3n realizada que, aunque virtualmente quepa diferenciar d\u00f3nde comienza una y acaba la otra, de hecho, son en la pr\u00e1ctica indistinguibles e inseparables, poco importa cu\u00e1l sea el resultado que a trav\u00e9s suyo se alcance.<br>\nEn el \u00e1mbito familiar el anudamiento de las voluntades de los c\u00f3nyuges es todav\u00eda m\u00e1s f\u00e9rrea, por cuanto es expresi\u00f3n de ellas un nuevo ser \u00be el hijo\u00be , que trascendiendo a ambos y a pesar de ser libre, no obstante, debe someterse a ellos. Acaso por eso, los c\u00f3nyuges deber\u00edan buscar m\u00e1s lo que les une que lo que les separa, al dise\u00f1ar la divisi\u00f3n de poderes en el \u00e1mbito familiar.<br>\nHombre y mujer son diferentes y, sin embargo, iguales. El sentido de esas diferencias se encuentra, precisamente, en la complementariedad y no en la competitividad. De ah\u00ed que deban buscar entre ellos la suma y la multiplicaci\u00f3n, y no la resta y la divisi\u00f3n.<br>\nY no s\u00f3lo eso, sino adem\u00e1s conocer y conocerse mejor, de manera que la distribuci\u00f3n de funciones y papeles entre ellos sea lo m\u00e1s acorde posible con sus respectivas habilidades y destrezas, En el matrimonio tanto monta la mujer como el var\u00f3n. Pero advi\u00e9rtase que tal como se nos manifiesta aqu\u00ed este reparto de poderes, el concepto mismo de poder forzosamente ha de cambiar de significado.<br>\n<strong>El poder como servicio<\/strong><br>\nEl vizconde de St. Albans, Sir Francis Bacon , acerc\u00f3 las distancias \u00be aunque de un modo un tanto distorsionado\u00be entre el conocimiento y el poder, al sostener que el conocimiento, en s\u00ed mismo considerado, es poder (\u201cnam et ipsa scientia potestas est\u201d).<br>\nDos siglos m\u00e1s tarde, el padre del positivismo franc\u00e9s, Augusto Comte, introduc\u00eda una cierta desnaturalizaci\u00f3n en la ciencia y en el poder, al establecer el \u201ctelos\u201d de todo conocimiento: \u201cConocer para saber, saber para predecir y predecir para poder\u201d.<br>\nFlaco servicio el que este principio ha hecho a la ciencia contempor\u00e1nea, pues aunque es cierto que muchos de los actuales conocimientos cient\u00edficos se han visto m\u00e1s o menos realzados, en funci\u00f3n de cu\u00e1l sea su alcance predictivo \u00be los conocimientos cient\u00edficos se estiman hoy tanto m\u00e1s rigurosos, cuanto m\u00e1s exactamente se cumplan las predicciones que desde ellos se realizan\u00be , es claro que no todo saber es reductible al de las ciencias positivas.<br>\nEn el matrimonio hay que concluir que el saber no es el poder, que el poder no siempre se identifica con el saber, y que el saber que realmente es tal, es el que genera un poder entendido \u00fanicamente como servicio. Por eso, en lugar de continuar haci\u00e9ndonos eco de las aserci\u00f3n comtiana (\u201csavoir pour pr\u00e9voir\u201d), en el \u00e1mbito de la familia y de otras disciplinas deber\u00eda reformularse de otra manera: saber para servir.<br>\nLa nueva formulaci\u00f3n muestra la insuficiencia del principio anterior, tal y como fue inicialmente formulado, manifest\u00e1ndose como una falacia rotunda, en lo que respecta a su vigencia y aplicabilidad en el \u00e1mbito del matrimonio.<br>\n\u00bfPara qu\u00e9 servir\u00eda que ambos c\u00f3nyuges supieran mucho, si s\u00f3lo gastan su poder en hacerse la guerra, en procurar cada uno quedar por encima del otro? Proceder de esta forma, \u00bfno constituye acaso la peor de las ignorancias, aquella que salpica todo de sufrimiento y dolor, colmando de injusta infelicidad incluso a los propios hijos? \u00bfNo constituir\u00eda un aut\u00e9ntico saber aquel que los c\u00f3nyuges emplearan en servirse, en complementarse y perfeccionarse rec\u00edprocamente, en buscar lo que les une y no lo que les separa?<br>\nNo; lo que subyace en el coraz\u00f3n del hombre y la mujer, lo que en verdad funda esa uni\u00f3n y sale garante de un justo reparto de poderes entre ellos no es el positivismo, sino el coraz\u00f3n. Y es que m\u00e1s all\u00e1 del positivismo se encuentra la poderosa raz\u00f3n del amor. Si del poder y de su distribuci\u00f3n en el matrimonio ha de tratarse, lo l\u00f3gico ser\u00eda apelar a su fundamento, al m\u00e1s poderoso poder, valga la redundancia, de todos los poderes: el poder del amor. Acaso por eso el maestro Eckhart tuviera m\u00e1s raz\u00f3n que Comte, al sostener que \u201cel m\u00e1ximo poder del hombre consiste en no utilizarlo\u201d\u2026, especialmente, cabr\u00eda a\u00f1adir, en no hacer de \u00e9l un mal uso contra las personas a las que se ama.<\/p>\n<\/body><button class=\"simplefavorite-button has-count\" data-postid=\"22115\" data-siteid=\"1\" data-groupid=\"1\" data-favoritecount=\"0\" style=\"\">Leer despu\u00e9s <i class=\"sf-icon-star-empty\"><\/i><span class=\"simplefavorite-button-count\" style=\"\">0<\/span><\/button>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cuando el hogar es terreno de batalla, todos pierden. 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