{"id":20719,"date":"1993-07-01T00:00:00","date_gmt":"1993-07-01T05:00:00","guid":{"rendered":"http:\/\/192.168.1.157\/istmo\/?p=20719"},"modified":"2023-11-08T06:08:13","modified_gmt":"2023-11-08T11:08:13","slug":"ingmar_bergman_sufrir_por_los_ojos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/dim-id.com\/pruebaentradas2023\/1993\/07\/01\/ingmar_bergman_sufrir_por_los_ojos\/","title":{"rendered":"Ingmar Bergman. Sufrir por los ojos"},"content":{"rendered":"<button class=\"simplefavorite-button has-count\" data-postid=\"20719\" data-siteid=\"1\" data-groupid=\"1\" data-favoritecount=\"0\" style=\"\">Leer despu\u00e9s <i class=\"sf-icon-star-empty\"><\/i><span class=\"simplefavorite-button-count\" style=\"\">0<\/span><\/button><body><p>Los grandes cineastas sufren por los ojos: no s\u00f3lo ven m\u00e1s del mundo, sino ven m\u00e1s en la obra de otros grandes realizadores. Akira Kurosawa declara en 1976: &lt;&lt;He visto muchos filmes, y todav\u00eda sigo viendo muchos. Los autores tienen un modo de comunicarse entre s\u00ed que, a menudo, s\u00f3lo pasa a trav\u00e9s del inconsciente. A mi inconsciente, y luego tambi\u00e9n a mis pel\u00edculas, han Ilegado \u201cmensajes\u201d de Bergman, de Ford, de Fellini, de Visconti, de Antonioni. Y, naturalmente, de Ozu y de Mizoguchi). Al d\u00eda siguiente de comentar esto, Kurosawa se encuentra con Fellini; Gian Luigi Rondi est\u00e1 presente y tiene el privilegio de registrar esa conversaci\u00f3n que debe ser muy frecuente entre los maestros. Por medio de un traductor, Fellini exclama: &lt;&lt;En \u201cLos siete samurais\u201d toda aquella violencia, aquellos \u00edmpetus, y en medio de la batalla, un ni\u00f1o que nace, y Toshiro Mifume que lo toma en sus brazos\u2026 All\u00ed fue cuando tuve ganas de llorar&gt;&gt;. Kurosawa responde: Tambi\u00e9n yo llor\u00e9 con una pel\u00edcula suya, en \u201cFellini Roma\u201d, cuando los frescos se desvanecen al contacto con eI aire, con la luz. Comprend\u00ed qu\u00e9 quer\u00eda decir, el \u201csigno\u201d que usted me daba. Otro de sus \u201csignos\u201d me perturb\u00f3 d\u00edas y d\u00edas: el alba sobre la playa, al final de \u201cLa dolce vita\u201d).<br>\nEsas corrientes secretas, los mensajes, los &lt;&lt;signos&gt;&gt; que van de una obra a otra, no son una invenci\u00f3n de los grandes autores: son un mapa a esa trama de im\u00e1genes secretas que s\u00f3lo el cine es capaz de capturar. En ese intercambio secreto de mensajes circula una enorme pregunta, una sola pregunta informulada y apremiante que puede entreverse en el fondo de cada obra definitiva.<br>\n<strong>Retrato del dolor<\/strong><br>\nEn los apuntes autobiogr\u00e1ficos reunidos bajo el t\u00edtulo Linterna m\u00e1gica (1987), Ingmar Bergman habla tambi\u00e9n de la trama: &lt;&lt;Cuando eI cine no es documento, es sue\u00f1o. Por eso Tarkovski es el m\u00e1s grande de todos. Se mueve con una naturaIidad absoluta en el espacio de los sue\u00f1os; \u00e9l no explica, y adem\u00e1s \u00bfqu\u00e9 iba a explicar? Es un visionario que ha conseguido poner en escena sus visiones en el m\u00e1s pesado de todos los medios, pero tambi\u00e9n en el m\u00e1s sol\u00edcito. Yo me he pasado la vida golpeando a la puerta de ese espacio donde \u00e9l se mueve como pez en el agua. S\u00f3lo alguna vez he logrado penetrar furtivamente. La mayor\u00eda de mis esfuerzos m\u00e1s conscientes han terminado en penosos fracasos&gt;&gt;.<br>\nNo es gratuito que Kurosawa hable de los signos en un momento de receso forzado en su carrera ( un a\u00f1o atr\u00e1s ha terminado \u00abDerzu Usala\u00bb y todav\u00eda deber\u00e1n transcurrir otros tres a\u00f1os para que consiga rodar \u00abKagemusha\u00bb). Tampoco es gratuito que mencione a lngmar Bergman en primer lugar, y a\u00fan menos gratuito es que los libros autobiogr\u00e1ficos de Bergman provengan de la etapa en que \u00e9ste se ha retirado de la direcci\u00f3n cinematogr\u00e1fica luego de &lt;&lt;Fanny y Alexander&gt;&gt; (1982) y &lt;&lt;Despu\u00e9s del ensayo&gt;&gt; (1983). Detenida la actividad de procesar los sue\u00f1os a trav\u00e9s de la c\u00e1mara, el acto de ver desborda; de ah\u00ed que m\u00e1s que cualquier otro cineasta, en Bergman sea especialmente exacto el t\u00e9rmino &lt;&lt;sufrir por los ojos&gt;&gt;.<br>\nEn los textos autobiogr\u00e1ficos, a\u00fan los autores que se proponen la m\u00e1s desnuda honestidad encuentran la manera de resarcir el ego lacerado: mencionan los premios y homenajes, acrecientan las peque\u00f1as satisfacciones para compensar esos huecos abiertos por el relato del dolor. Resulta dif\u00edcil imaginar que alguien pueda ser m\u00e1s implacable consigo mismo como Bergman lo es en Linterna m\u00e1gica: sin proponerse m\u00e1s que un relato pausado y suelto, el cineasta se desnuda a tal punto que incluso lo pat\u00e9tico o lo descarnado pierden su sentido de &lt;&lt;pico dram\u00e1tico&gt;&gt;. En este libro ya no hay partes que impactan o incomodan al lector en comparaci\u00f3n con fragmentos que lo divierten o simplemente le informan; lo que impregna cada p\u00e1gina es una \u00fanica atm\u00f3sfera de continuo desencanto, de sobria angustia.<br>\nEse tono de Linterna m\u00e1gica es el antecedente directo de Las mejores intenciones (1991), el libro-cr\u00f3nica-apuntes de gui\u00f3n cinematogr\u00e1fico en que Bergman se lanza a la aventura de reconstruir la relaci\u00f3n de sus padres en una lenta, intensa y devastadora b\u00fasqueda de los or\u00edgenes. Escribe: &lt;&lt;Esta cr\u00f3nica convierte arbitrariamente cosas importantes en cosas secundarias y al rev\u00e9s. (\u2026) La incertidumbre de los hechos, a\u00f1os, nombres y situaciones es total. Es, tambi\u00e9n intencionada y consecuente. (\u2026) Esto no es un proceso abierto ni encubierto a personas que ya no pueden hablar. Su vida en esta cr\u00f3nica es ilusoria, un simulacro tal vez, pero, pese a ello, m\u00e1s clara que su vida real. Su verdad m\u00e1s \u00edntima, en cambio, no podr\u00e1 describirla nunca esta cr\u00f3nica. (\u2026) El juego mismo es el motor del juego. Es como en la infancia: abrir las gastadas puertas pintadas de blanco del armario de los juguetes y dar rienda suelta a los secretos que habitan en las cosas. No puede ser m\u00e1s sencillo. (\u2026) El juego ha resultado seguramente m\u00e1s claro que la realidad&gt;&gt;.<\/p>\n<p class=\"subtit\"><strong>Las mejores intenciones<\/strong><\/p>\n<p>Strindberg, el dramaturgo a quien Bergman reconoce como maestro y que recorri\u00f3 las regiones m\u00e1s fr\u00edas del esp\u00edritu sueco, incluye en \u00abEl ensue\u00f1o\u00bb la misma met\u00e1fora: abrir el armario, un deseo de ver, de ver m\u00e1s all\u00e1, a toda costa. Las dos figuras a mirar a trav\u00e9s del juego (del m\u00e1s serio, riesgoso y doloroso de los juegos), Karin y Erik Bergman, ya hab\u00edan sido entrevistados por el cineasta en diversas ocasiones. Ninguna tan exacta como esta l\u00ednea de Linterna m\u00e1gica: &lt;&lt;Entiendo muy bien la enfermedad de mi hermano; qued\u00f3 paralizado por la rabia, paralizado por dos figuras avasalladoras, estranguladoras, inasequibles y deslumbrantes: nuestro padre y nuestra madre&gt;&gt;.<br>\nLa personalidad de Karin Bergman, que en Las mejores intenciones se llama Anna, se explica en cierto modo cuando se confronta con la de su madre, aquella que comanda la familia en un &lt;&lt;largo ejercicio del poder &gt;&gt; y &lt;&lt;en una combinaci\u00f3n de seguridad enga\u00f1osa, coacci\u00f3n y costumbre&gt;&gt;. Uno de los miembros de ese clan define: &lt;&lt;Nuestra familia ha producido tanta maldita normalidad que ha dejado un pozo de locura&gt;&gt;. Acaso de ah\u00ed el t\u00edtulo del libro, iluminado por una cita de San Pablo: &lt;&lt;Las intenciones son buenas, pero los hechos son malos&gt;&gt;.<br>\nPor su parte, Erik Bergman, que en Las mejores intenciones se llama Henrik queda definido por un vac\u00edo personal: &lt;&lt;Me hago pastor para salvarme a m\u00ed, no para salvar a la humanidad&gt;&gt;. En este libro el armario se abre en los momentos menos dram\u00e1ticos\u00bb. Por ejemplo, en el transcurso de una velada en la casa de la familia de Anna, Henrik, aislado en un rinc\u00f3n, siente c\u00f3mo todos lo juzgan sin mirarlo siquiera. Entonces contempla a Anna y mentalmente le pide que lo vea, un segundo al menos; el narrador afirma: &lt;&lt;Henrik cultiva una tierna tristeza, un eleg\u00edaco sentimiento de estar fuera. Justo en este instante, se recrea en algo que se empe\u00f1a en llamar amor sin esperanza. Se da cuenta al mismo tiempo con un temblor de satisfacci\u00f3n, de que \u00e9l carece de valor. Vaga en la tiniebla, muy lejos de la gracia. Nadie lo ve, y eso es cierto&gt;&gt;.<br>\nM\u00e1s adelante, el propio narrador dar\u00e1 las razones de esa invisibilidad que Henrik asume con una desgarradora satisfacci\u00f3n: &lt;&lt;Henrik es una persona que no ha sido maltratada por la vida, ha pasado inadvertido. Ha vivido en su invisibilidad sin dejarse inquietar.. La amante de Henrik, Frida, una mujer que sin duda lo comprende mejor que la propia Anna, lo describe de esta forma: &lt;&lt;Es como si el pobre no tuviera una vida de verdad. As\u00ed que no hay nada que valga la pena. La causa de que sea tan desgraciado no es dif\u00edcil de comprender, es que tiene una madre que\u2026 es terrible decirlo, tiene una madre que lo est\u00e1 matando. No s\u00e9 c\u00f3mo se las arregla, porque me consta que le quiere tanto que \u00e9l se vuelve loco de miedo&gt;&gt;.<br>\nAnna y Henrik son &lt;&lt;seres m\u00edticos, arbitrarios, incomprensibles y de tama\u00f1o exagerado&gt;&gt;, pero a la vez manifiestan elevados sentimientos, nobles sue\u00f1os, honestidad, fortaleza. Es aqu\u00ed donde Bergman se deshace de los \u00faltimos restos del melodrama, arranca la careta a sus personajes y accede a una impactante universalidad: es el instante en que el arquetipo materno-paterno se revela como el crimen a trav\u00e9s del cari\u00f1o, la devastaci\u00f3n a partir de la protecci\u00f3n, la refinada tortura desde las &lt;&lt;mejores intenciones&gt;&gt;.<\/p>\n<p class=\"subtit\"><strong>El silencio de una antigua cat\u00e1strofe<\/strong><\/p>\n<p>Bergman hace patente el sufrimiento de la mirada: &lt;&lt;Trazo mis l\u00edneas con la, tal vez, vana esperanza de que surja un rostro. \u00bfTal vez lo que diviso es una verdad sobre mi propia vida? \u00bfPor qu\u00e9, si no, empe\u00f1o con tanto af\u00e1n?&gt;&gt;. El hombre la mitad de su vida como hijo y la mitad como padre; a fin de cuentas primero de estos roles es el que adopta Bergman en la redacci\u00f3n de Las mejores intenciones: \u00bfqu\u00e9 sucede con el otro rol? Una escueta frase de Linterna m\u00e1gica responde con dolor y suficiencia: &lt;&lt;No s\u00e9 c\u00f3mo reaccionaron mis otros hijos, ten\u00edamos poco tacto, por no decir ninguno&gt;&gt;.<br>\nlngmar Bergman redacta largamente Las mejores intenciones sabedor de que nunca va a llevar ese texto a la pantalla. Lo da, por tanto, a Bille August (quien lo dirige en 1991) con plena conciencia de que en el mejor de los casos suceder\u00e1 que el drama viva por s\u00ed mismo en su contexto plenamente antidram\u00e1tico. Al publicar el libro, Bergman opta por esa discutida ventaja de la literatura sobre el cine que sintetiza de este modo Jacqueline Nacache: &lt;&lt;Un actor al que conocemos en veinte papeles diferentes jam\u00e1s ser\u00e1 tan misterioso como el personaje de una novela que nace y muere entre la primera y la \u00faltima p\u00e1gina de un libro. Especialmente, el tiempo de la escritura jam\u00e1s ser\u00e1 el tiempo de lo filmado&gt;&gt;.<br>\nDe ah\u00ed que la escena central de Las mejores intenciones sea por completo ajena a la versi\u00f3n f\u00edlmica; se trata un instante arrancado al tiempo, un boceto sensible en el que ni siquiera intervienen los personajes. El p\u00e1rrafo se ubica en la natal Upsala del cineasta: &lt;&lt;Por esta \u00e9poca (un d\u00eda de julio de 1912, por ejemplo) la acad\u00e9mica ciudad tan silenciosa que parece irreal o, quiz\u00e1 so\u00f1ada. Si no fuera por el gorjear de los p\u00e1jaros en la sombr\u00eda frondosidad de los \u00e1rboles, el silencio resultar\u00eda seguramente aterrador. (\u2026) S\u00ed, vac\u00eda, silenciosa, irreal, fantasmag\u00f3rica, un poco aterradora si da la casualidad de que uno tiene inclinaci\u00f3n a ello. El sol est\u00e1 alto en un cielo sin color. No hace viento, hay un olor a l\u00e1grimas secas, a tristeza agriada, un olor d\u00e9bil, pero perfectamente perceptible, acre y un poco mohoso. Hay gente que sostiene que el mundo sucumbir\u00e1 con un cataclismo, un estallido, una explosi\u00f3n, algo muy extraordinario. Yo, personalmente, estoy convencido de que el mundo va a detenerse, a callarse, a quedarse en silencio, a palidecer, a consumirse en una infinita calina c\u00f3smica. Este d\u00eda de julio en la peque\u00f1a ciudad universitaria puede muy bien ser el principio de una cat\u00e1strofe as\u00ed, tan poco dram\u00e1tica como \u00e9sa&gt;&gt;.<br>\nLos grandes cineastas sufren por los ojos y en ciertos casos quiz\u00e1 no sea excesivo hablar del dolor de un parto, de un \u00fanico mensaje transmitido gota a gota. Bergman declara en el prefacio de Las mejores intenciones: &lt;&lt;Escrib\u00ed como estoy acostumbrado a hacerlo desde hace cincuenta a\u00f1os: de forma dram\u00e1tica, cinematogr\u00e1fica&gt;&gt;. Acaso las mejores intenciones eran apelar a lo dram\u00e1tico, pero lo que el realizador ha registrado es el silencio de una antigua cat\u00e1strofe, el gran anticl\u00edmax que hay en el centro mismo de lo humano.<\/p>\n<p class=\"textogris\">Tusquets. Barcelona. 1992; trad. Marina Torres.<\/p>\n<\/body><button class=\"simplefavorite-button has-count\" data-postid=\"20719\" data-siteid=\"1\" data-groupid=\"1\" data-favoritecount=\"0\" style=\"\">Leer despu\u00e9s <i class=\"sf-icon-star-empty\"><\/i><span class=\"simplefavorite-button-count\" style=\"\">0<\/span><\/button>","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La mirada de este sueco conoce -y padece- los problemas que nacen desde el primer respiro. Su pluma y c&aacute;mara registran el m&aacute;s breve gesto del rostro, las arrugas, los sue&ntilde;os y las l&aacute;grimas. 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