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<oembed><version>1.0</version><provider_name>Revista ISTMO</provider_name><provider_url>https://dim-id.com/pruebaentradas2023</provider_url><author_name>Revista ISTMO</author_name><author_url>https://dim-id.com/pruebaentradas2023/author/admin/</author_url><title>De ni&#xF1;o quer&#xED;a ser cosmonauta</title><type>rich</type><width>600</width><height>338</height><html>&lt;blockquote class="wp-embedded-content" data-secret="BsTILo7zKC"&gt;&lt;a href="https://dim-id.com/pruebaentradas2023/2008/09/01/de_nino_queria_ser_cosmonauta/"&gt;De ni&#xF1;o quer&#xED;a ser cosmonauta&lt;/a&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;iframe sandbox="allow-scripts" security="restricted" src="https://dim-id.com/pruebaentradas2023/2008/09/01/de_nino_queria_ser_cosmonauta/embed/#?secret=BsTILo7zKC" width="600" height="338" title="&#x201C;De ni&#xF1;o quer&#xED;a ser cosmonauta&#x201D; &#x2014; Revista ISTMO" data-secret="BsTILo7zKC" frameborder="0" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no" class="wp-embedded-content"&gt;&lt;/iframe&gt;&lt;script&gt;
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</html><description>La primera quincena de octubre de 1999 cay&#xF3; en viernes. Le suceder&#xE1;n incontables m&#xE1;s, pero calma, no nos adelantemos: ateng&#xE1;monos a las once de la noche de aqu&#xE9;l d&#xED;a, cuando el encargado de un suplemento de la publicaci&#xF3;n Business Week, Nicholas White, decidi&#xF3; tomarse un descanso del trabajo para fumar en la calle. A su regreso, entr&#xF3; a un elevador del edificio de la editorial McGraw Hill, en la ciudad de Nueva York, rumbo al piso en el que se encontraba su cub&#xED;culo. Me entero de esto por el texto, &#xAB;Up and then down&#xBB;, de Nick Paumgarten, publicado en la edici&#xF3;n de abril del The New Yorker de este a&#xF1;o. Lo reviso a horas en las que ya no deber&#xED;a estar sentado frente a mi computadora en el sexto piso del edificio donde laboro. Mis compa&#xF1;eros de oficina se han ido ya. Por la ventana veo c&#xF3;mo la noche desciende sobre la ciudad de M&#xE9;xico y comienzo a sentir el cansancio. Cuando termine el texto, apague la computadora y me retire a casa, me pensar&#xE9; dos veces entrar al elevador pues aprender&#xE9;, al leer la historia de Nicholas White, que uno puede entrar a un ascensor un viernes por la noche y no salir de all&#xED; hasta el domingo por la tarde. Aquel fin de semana de 1999, White pas&#xF3; 41 horas confinado dentro de una caja de metal sostenida por cables, en las tripas de un edificio de oficinas. As&#xED; que decido bajar los seis pisos del edificio por las escaleras. Dejo un momento al azorado White, encerrado en su cubo, para pensar en el cosmonauta ruso Sergei Krikaliev, quien el 18 de mayo de 1991 despeg&#xF3; rumbo a la ahora extinta estaci&#xF3;n espacial MIR para convertirse, el 9 de febrero del a&#xF1;o siguiente, en el primer ser humano que pod&#xED;a considerarse abandonado en el espacio. Dos d&#xED;as antes, Mosc&#xFA; hab&#xED;a anunciado que no pose&#xED;a los fondos suficientes para bajarlo de la estaci&#xF3;n: las revueltas militares orde&#xF1;aban el presupuesto del Estado. Despu&#xE9;s de varias negociaciones fallidas con Washington y la NASA, los rusos finalmente encontraron financiamiento a trav&#xE9;s de otras naciones europeas para colocar astronautas en su estaci&#xF3;n espacial, y traer de vuelta a Krikaliev quien, en suma, no volver&#xED;a a la tierra sino hasta el 26 de marzo, despu&#xE9;s de trescientos trece d&#xED;as en &#xF3;rbita, el mayor tiempo que alguien ha estado contra su voluntad fuera del planeta Tierra. Estas palabras, &#xAB;contra su voluntad&#xBB;, resuenan en mi cabeza cuando alcanzo la calle. Y me suenan a falso. Porque aunque Krikaliev estuvo varado en el vac&#xED;o, su historia, de proporciones mucho m&#xE1;s grandes, no me suena tan terrible como la de White. La frase &#xAB;El trabajo nos har&#xE1; libres&#xBB; revolotea en mi cabeza al momento que el aire fresco de la noche citadina me golpea el rostro. Nos perfeccionar&#xE1;, incluso santificar&#xE1;. Aunque, por supuesto, admit&#xE1;moslo: hay d&#xED;as en que el trabajo es insufrible. Es sabidur&#xED;a popular: uno se acostumbra a todo excepto al trabajo. Castigo divino, trabajar por los frutos. Cansado, con ganas de llegar a casa para embotarme frente al televisor, a&#xFA;n as&#xED; me pregunto: &#xBF;no estaba Krikaliev al tanto de los riesgos que corr&#xED;a al haber elegido ser cosmonauta? Estoy seguro de que as&#xED; fue. Admiro la documentada actitud estoica que adquiri&#xF3; cuando se le inform&#xF3; que se demorar&#xED;a su regreso. A su mujer, le&#xED; alguna vez, ya no le alcanzaba para el gasto. Su hija peque&#xF1;a comenzaba a olvidar el rostro de su padre. Pero Krikaliev, por radio, asent&#xED;a a los informes de Mosc&#xFA; e informaba que proceder&#xED;a conforme a lo acordado, pacientemente.1 Admiro, se entiende, ese callado sentido de aventura. Nicholas White, en cambio, al salir del elevador regres&#xF3; a casa pero no al trabajo. Intent&#xF3; demandar a la editorial para la que trabajaba, dej&#xE1;ndose arrastrar por el encanto de su historia y la atenci&#xF3;n medi&#xE1;tica. No lo consigui&#xF3; y en el &#xED;nter perdi&#xF3; el rumbo. &#xBF;Qu&#xE9; cantidad de trabajadores son ese oficinista atrapado en un aparato dise&#xF1;ado para subir pero que no se mueve? Ah, nuestros trabajos tolerables. Ya lo dec&#xED;a San Agust&#xED;n: nadie ama lo que tolera. *Licenciado en Filosof&#xED;a por la Universidad Panamericana. Actualmente cursa la maestr&#xED;a en Est&#xE9;tica en la UNAM. Asistente editorial de Cuaderno Salm&#xF3;n. Editor web de La Tempestad. 1 Una cr&#xF3;nica de estos eventos puede encontrarse en &#xAB;Rusia&#xBB; de Juan Ignacio Bodio, en Granta en espa&#xF1;ol, #3, Verano/Oto&#xF1;o 2004.</description></oembed>
