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<oembed><version>1.0</version><provider_name>Revista ISTMO</provider_name><provider_url>https://dim-id.com/pruebaentradas2023</provider_url><author_name>Revista ISTMO</author_name><author_url>https://dim-id.com/pruebaentradas2023/author/admin/</author_url><title>Hospitalidad en lata</title><type>rich</type><width>600</width><height>338</height><html>&lt;blockquote class="wp-embedded-content" data-secret="UWyNzathY4"&gt;&lt;a href="https://dim-id.com/pruebaentradas2023/2006/11/01/hospitalidad_en_lata/"&gt;Hospitalidad en lata&lt;/a&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;iframe sandbox="allow-scripts" security="restricted" src="https://dim-id.com/pruebaentradas2023/2006/11/01/hospitalidad_en_lata/embed/#?secret=UWyNzathY4" width="600" height="338" title="&#x201C;Hospitalidad en lata&#x201D; &#x2014; Revista ISTMO" data-secret="UWyNzathY4" frameborder="0" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no" class="wp-embedded-content"&gt;&lt;/iframe&gt;&lt;script&gt;
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</html><description>Ciudad de M&#xE9;xico. Un jueves cualquiera, noche de &#xF3;pera. Asistimos a una funci&#xF3;n de La valquiria, segunda parte de la legendaria tetralog&#xED;a de Richard Wagner El anillo de los nibelungos. Mientras los m&#xFA;sicos de la orquesta ta&#xF1;en sus instrumentos y se escuchan las primeras notas de la obra, nos acomodamos buscando el mejor &#xE1;ngulo para la funci&#xF3;n. Inicia el primer acto. Un hombre, Siegmund, irrumpe en escena. Jadeante y asustado entra a una casa ajena y desconocida en busca de cobijo. La propietaria lo descubre tirado en el suelo, exhausto; asustado, huye de un grupo de hombres enfurecidos que lo han perseguido a trav&#xE9;s del bosque. Ella, Sieglinde, se compadece del fugitivo y lo acoge como hu&#xE9;sped. Le brinda al desgraciado esos peque&#xF1;os servicios que todos agradecer&#xED;amos en tales circunstancias: comida, el calor del fuego, la seguridad de un techo, y la afabilidad que tanto necesita quien sufre. Al cabo de un rato aparece Hunding, el esposo. &#xC9;l tambi&#xE9;n viene cansado del bosque. La visita le sorprende. &#xBF;De qui&#xE9;n se trata? El joven declara su nombre y refiere su pasado. Ambos caen en la cuenta: Hunding pertenec&#xED;a a la expedici&#xF3;n persecutoria que Siegmund evadi&#xF3;. Fijamos la mirada. Esperamos lo peor. Inesperadamente, el involuntario anfitri&#xF3;n invoca las normas de hospitalidad y exime a Siegmund del duelo que cre&#xED;mos inminente. Habr&#xE1;n de esperar al amanecer para enfrentarse. Por ahora el fugitivo es hu&#xE9;sped. El p&#xFA;blico, incr&#xE9;dulo, califica la salida como un ardid teatral para acrecentar la tensi&#xF3;n dram&#xE1;tica. Nos parece inveros&#xED;mil, un recurso f&#xE1;cil, casi rid&#xED;culo. Cualquiera de nosotros hubiese aprovechado la ocasi&#xF3;n para aprehenderlo. Sin embargo, esa situaci&#xF3;n no resultaba del todo extra&#xF1;a a quienes asistieron al estreno de la obra en 1870. Al fin y al cabo, ese p&#xFA;blico estaba familiarizado con las tradiciones judeocristiana y grecorromana, cuya literatura se desborda en episodios relacionados con la virtud de la hospitalidad. Seguramente ellos la hab&#xED;an practicado, pues en el siglo XIX, dada la excepcionalidad de los viajes y la solidez de los v&#xED;nculos de parentesco, pobres y ricos ofrec&#xED;an y recib&#xED;an los dones de la hospitalidad, que no es sino extender el techo del hogar a un tercero. LA HOSPITALIDAD SE APRENDE EN CASA En nuestro siglo la hospitalidad ha sido desplazada por la hosteler&#xED;a; cuando encontramos la palabra en letra impresa o la escuchamos en boca de alguien, aparece siempre en el contexto de la oferta mercantil: ya sea el paquete vacacional, el servicio hotelero o el trato que nos dispensa la azafata. La hospitalidad se ha vuelto una mercanc&#xED;a, de lujo por cierto, un servicio que se provee cuando se paga al contado o, mejor a&#xFA;n, cuando se garantiza con el voucher firmado de una linajuda tarjeta de cr&#xE9;dito. En este mundo del intercambio econ&#xF3;mico quedamos desprotegidos si carecemos del escudo de American Express, MasterCard o Visa. Hace alg&#xFA;n tiempo, un apag&#xF3;n el&#xE9;ctrico dej&#xF3; varados en Roma a miles de turistas. Al principio, el contratiempo parec&#xED;a un inmejorable pretexto para alargar las vacaciones por unas horas, pero pronto se convirti&#xF3; en tragedia. Sin energ&#xED;a el&#xE9;ctrica, las tarjetas de los turistas carec&#xED;an de poder; de privilegiados pasaron a la categor&#xED;a de parias; nadie les daba un mendrugo si no hab&#xED;a dinero de por medio. Las pr&#xE1;cticas hospitalarias de la antig&#xFC;edad, al contrario, brindaban protecci&#xF3;n y lo hac&#xED;an sin exigir nada como compensaci&#xF3;n. Se sosten&#xED;an en la donaci&#xF3;n y la entrega. La hospitalidad es una virtud intr&#xED;nsecamente vinculada al hogar. El hu&#xE9;sped participa de alg&#xFA;n modo de la vida dom&#xE9;stica, a pesar de ser un extra&#xF1;o, se le acoge como a un &#xED;ntimo y se le trata como tal. Por eso entre los antiguos, la traici&#xF3;n al hu&#xE9;sped clama a los dioses. Dante no se tienta el coraz&#xF3;n y coloca, en su famoso esquema del infierno, a quienes traicionaron a sus hu&#xE9;spedes muy cerca de lugar donde el mism&#xED;simo Sat&#xE1;n atormenta a Judas y a Bruto, los traidores por excelencia. Quien falta a los deberes de la hospitalidad est&#xE1; muy cerca de faltar a los deberes familiares y merece un castigo proporcionado. En un mundo plagado de piratas y asaltantes, se explica que la hospitalidad fungiera como un valor casi familiar. A la fecha, sentirse integrado y emparentado depende de un dep&#xF3;sito bancario. Pero la modernidad no deja de mostrarnos de continuo su peor rostro. La solidaridad, la compasi&#xF3;n, la simpat&#xED;a parecen desplazadas por la competencia, la eficacia y el individualismo. Las relaciones humanas, incluso las m&#xE1;s elementales, se convierten en art&#xED;culos intercambiables, en pactos comerciales que pueden romperse siempre y cuando se indemnice a la parte afectada. Horkheimer no andaba muy errado cuando vaticin&#xF3; que las sociedades burguesa e industrial terminar&#xED;an por trivializar el matrimonio hasta el punto de asimilarlo a un contrato puramente comercial. Pero los habitantes de este mundo seco, agresivo, violento echan de menos la calidez del hogar y ni tarda ni perezosa, la burgues&#xED;a, siempre atenta a las oportunidades de negocios, ha lanzado un nuevo producto: &#xAB;la hospitalidad en lata&#xBB;, &#xAB;franquicias de calor de hogar&#xBB;, que se compra (sic) con los n&#xFA;meros m&#xE1;gicos de una tarjeta de cr&#xE9;dito. Un nuevo fen&#xF3;meno emerge. Ahora s&#xF3;lo los ricos pueden acceder a una hosteler&#xED;a hospitalaria. NOSTALGIA DEL HOGAR PERDIDO Las ansias de hospitalidad son la nostalgia del hogar perdido. Los &#xE1;mbitos hegem&#xF3;nicos de la vida profesional -universidad, empresa, Estado- han devenido desiertos inh&#xF3;spitos, &#xAB;junglas de asfalto&#xBB;, &#xAB;guerras de negocios&#xBB;, donde la crueldad c&#xED;nica y la prepotencia se tienen por virtud. Es muy l&#xF3;gico que se a&#xF1;oren las cualidades del hogar para hacer m&#xE1;s llevaderos los sinsabores de la vida profesional. Todos somos extranjeros en el mundo del capitalismo. La pregunta crucial es si en verdad se puede institucionalizar, si no se trata de un contrasentido, si podemos extrapolar las virtudes del hogar m&#xE1;s all&#xE1; del &#xE1;mbito de la domus. Cualquier cultura de la hospitalidad debe plantearse, antes que nada, si puede existir al margen del hogar como n&#xFA;cleo duro y paradigma. En otras palabras, los profesionales de esta virtud deber&#xED;an indagar si tiene sentido hablar de &#xAB;hu&#xE9;sped&#xBB; al</description></oembed>
